Anécdotas de Copacabana

El viaje a Copacabana desde La Paz, para variar, se nos hizo largo. Confiados en que no demoraríamos más de tres horas en llegar, salimos tarde, y fue un grave error. Tomamos un bus cerca del cementerio para ir a las orillas del Lago Titicaca. Yo, y mis problemas para respirar en la altura pedíamos por favor que nos toque un asiento donde la ventanilla se pueda abrir. Me senté y probé mi suerte. Nula, la ventanilla no abría. Vero se apiadó de mí y le pidió a un chico si podía cambiarnos de lugar. Le explicó mi situación y con gusto nos cambió de asiento. La verdad es que hacía frío para ir con la ventanilla abierta, pero era eso o ahogarme. La gente en el bus me pedía que por favor la cierre (no hice caso del todo, solo la cerré un poco).

El chico que nos cambió el lugar nos contó que el también sufría el mal de altura. Era de Chile, del sur, y no estaba acostumbrado al altiplano boliviano. Le preguntamos si estaba de vacaciones, y nos dijo que mas o menos. En realidad él había empezado a viajar con su novia, pero ella se enfermó del estómago y quiso volver. Como le quedaban unos días de vacaciones, pensó en seguir hasta La Paz, y luego regresar a Chile. Pero como la suerte es jodida, le pasó que en La Paz lo asaltaron, le rompieron la nariz, algunos dientes, y le robaron todo. Mala suerte, mala! En este todo que le robaron, estaban su pasaporte y demás documentos. Así que estaba imposibilitado de salir de Bolivia, y prácticamente quebrado, porque le debía a su embajada la operación de tabique por su nariz rota. Entonces decidió buscar trabajo, y lo encontró en Copacabana, en un restaurante como mesero, frente al lago, hasta poder marcharse del país.  Mientras tanto, se mantenía con lo que ganaba, que era más que suficiente para pagar alojamiento y comida. Parece inverosímil su historia, pero creo que también lo sería conocer a alguien que se invente algo así. Por nuestra parte, fue una suerte conocerlo, porque llegamos a Copacabana con una lluvia torrencial sin una mínima pista de donde quedarnos. Y por haber salido tarde, ya era de noche. El chileno entonces nos llevó a donde se esta quedando. 8 bolivianos por persona valía la noche. Tan tan barato, que no había lugar. Solo quedaba una cama en la habitación de él, así que no nos quedó otra más que compartirla con Vero.

A la noche fuimos a comer a una pizzería argentina de un hincha fanático de Lanús (La Posta, una verdadera joyita). Y como si todos los meseros de Copacabana tuviesen una historia para contar, la chica que atendía en ese lugar, comenzó con la suya. Hacía ya varios años, había dejado San Martín de los Andes, su ciudad natal, para salir a conocer el mundo. Viajó por mucho tiempo, casi una década, hasta que finalmente se dijo a sí misma que era hora de un cambio. Impulsada por un libro que había comenzado a leer (“Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda, libro que casualmente yo me había comprado en Tilcara), decidió viajar a México, para que el Peyote le marcara el rumbo que debía seguir. Algunas personas cuentan que al tomar Peyote, un cacto alucinógeno que se encuentra en Norteamérica, la planta personificada les habla. Y eso fue lo que le sucedió a ella. Sin contarnos demasiado, dado que esas experiencias parecen ser muy personales, nos hizo entender, con pocas palabras, que el Peyote le mostró a Copacabana como su lugar en el mundo. Así que luego de esa revelación, agarró sus cosas y se instaló allí. Y hace ya más de quince años que vive en las afueras de Copacabana, con su hijo, y con una paz y felicidad que todavía despiertan admiración de mi parte.

La Pizzería y nuestro amigo chileno

A la mañana siguiente, y después de un día plagado de historias que se convertirían en anécdotas a ser contadas por nosotros, fuimos a buscar hospedaje. Encontramos uno bonito, con vista al lago, por buen precio. Apenas nos instalamos sucedió lo que me pareció una tragedia. Las puertas de las habitaciones, como en la mayoría de los lugares en Bolivia, se aseguran solas apenas uno las cierra, sin necesidad de usar la llave. Vero, mientras yo estaba mirando el lago desde la terraza, cerró la puerta y dejó la llave adentro… “Ok, que no panda el cúnico, vamos a hablar con la encargada, seguro tiene una copia” – pensé, recordando a Chespirito. Y como a seguro mil veces se lo llevaron preso, la chica nos dijo que justo ayer la copia de la llave de esa habitación se había roto. TRA-GE-DIA “¿Cómo hacemos para entrar?”- le pregunté entonces. “No sé”- fue la respuesta. Grité a los cuatro vientos “OH, Y AHORA ¿QUIÉN PODRÁ AYUDARME?” imitando la voz de Florinda Mesa, pero no apareció nadie…así que doble tragedia. Llamamos al tío de la encargada, que hablaba mas aymara que español, e intenté explicarle lo que había pasado. Para él la única opción era un cerrajero, pero un domingo al mediodía, en un pueblito como Copacabana, estaba súper difícil. Después de unos segundos de querer morirme (sin antes matarla a Vero), surgió la revelación. Arriba, había una ventanita, minúscula, a medio abrir, que daba al cuarto. Dije, sin estar muy seguro de lo que hacía, que yo podría meterme por ahí. El señor con un alambre logró abrir la ventana del todo y se ubicó para ayudarme. No sé como pero logré meter un pie, luego toda la pierna, y luego la otra. Finalmente, realizando una contorsión digna del Cirque du Soleil, el resto del cuerpo. Lo había logrado, ¡Estaba dentro del cuarto! Abrí la puerta desde adentro, guardándome la llave en el bolsillo, y la anécdota de la ventana en los recuerdos.

Esta es la ventana. Tuve que entrar por la partecita de arriba. Todo un reto

Para contar un poco de la ciudad, Copacabana es sencillamente uno de los lugares más bellos en los que hemos estado. Toda la orilla del lago es hermosa, y los barquitos anclados por ahí le de un toque pintoresco que se convierte en majestuoso cuando el sol se posa sobre el Titicaca.

En cuanto a la ciudad en sí, más que un mirador donde se ven atardeceres de película, y la Iglesia, no hay mucho más para conocer. La vida nocturna es agitada, gracias al turismo internacional todas las noches son de fiesta. Es por el turismo que también hay muchos lugares y personas que venden artesanías y recuerdos para llevar a casa. Copacabana, por su encanto y la carga histórica con la que cuenta, es un lugar elegido por gran cantidad de artesanos del estilo hippies-bohemios-nómadas, principalmente sudamericanos.

Algunas fotos de las vistas desde el mirador del vía crucis:

Vista desde el mirador, temprano a la tarde

El sol comenzaba a caer

Y ya aterdecía sobre Copacabana

Y sobre el lago también

Otra foto del atardecer

 

Copacabana es también punto de partida hacia uno de los lugares más místicos de todo el continente: La Isla del Sol, de donde los propios Incas creían que surgió su Dios creador. Lugar de culto es poco decir para esta Isla, los Incas lo consideraban el origen de todas las cosas.

Para poder llegar allí uno debe tomar una lancha desde puerto, que lo puede dejar en varios lugares de la Isla. Los más cercanos son los que cuentan con mejores hospedajes y variedad. Aunque solo unos pocos están en la orilla, el resto se encuentra unos 30 minutos cuesta arriba, subiendo la escalera del Inca. Y con todo el equipaje encima, les puedo asegurar que no es una caminata agradable para nada. Los lugares más alejados son más agrestes y cobran una tasa de entrada, pero permiten conocer mejor la Isla, encontrándose más cerca de las principales ruinas (aunque todo se puede conocer desde cualquier parte, de punta a punta).

Apenas bajamos de la lancha se nos acercó un señor a ofrecernos hospedaje. Nosotros llegamos con poco efectivo, y en la Isla no existen los autos, internet, y menos que menos cajeros automáticos. Así que el precio al que el señor nos ofrecía una habitación con baño privado, cocina, y una vista al lago espectacular, se encontraba fuera de nuestro alcance. Le dijimos que no podíamos pagarlo, y empezó a bajar el precio. Al vernos demasiado reacios, nos ofreció el lugar por la mitad del valor original. Seguía siendo un poco más costoso de lo que pensábamos, pero lo que nos ofrecía era una ganga. Así que después de un cruce de miradas entre nosotros finalmente aceptamos. Llegamos al lugar (que realmente era precioso) y nos dimos cuenta que éramos los únicos huéspedes en el hostel. El señor nos contó mientras nos acomodábamos, que hoy había una fiesta local en la Isla, a la que él asistiría, por lo que recién volvería al otro día por la mañana. Así que me pidió que le cuidase el lugar y que recibiese a cualquier huésped que apareciera. ¡Tenía un hostel a mi cargo en la Isla del Sol! Me sentía un Dios Inca. Desafortunadamente, solo llego una australiana, a la que únicamente registré y le ofrecí abrir el paso del agua para que pudiese ducharse (allá en la isla el agua se cuida mucho, porque se trae desde el continente en bidones, y se transporta dentro en burro, así que no es nada barata). Pensé que iba a tener más actividad.

La escalera del Inca, que tuvimos que subir para llegar al hostel

El lugar donde nos quedamos

La ventana que daba al lago

Y este paisaje que se veía desde la puerta

A eso de las diez de la mañana del día siguiente, cuando nos preparábamos para salir a recorrer, aparece el dueño del hostel, balbuceando cosas inentendibles, con una señorita del brazo, y un estado etílico que le impedía mantenerse en pie. La había pasado bien en la fiesta parecía. Le entregamos las llaves del lugar y fue derecho a dormir. Nosotros a conocer la Isla.

Todos los caminos que recorren el lugar tienen vistas espectaculares. El Lago Titicaca, parece un mar azul de una extensión infinita, mientras que la isla cambia de forma a cada paso que uno da. A veces se ensancha y pareciera que uno se encuentra en el continente, otras se hace angosta y se puede observar el lago de los dos lados. Tiene bosques y tiene pampas, playas y acantilados, cerros y llanos. Los Incas no por nada habían elegido a este lugar como el origen del universo.

Uno de los senderos que recorre la Isla

Playa desierta

El muelle para los barcos que van y vienen a/desde Copacabana

Bosquecitos

Una de los tantos paisajes que se ven recorriendo la Isla

Caminamos tanto que de regreso el sol ya estaba cayendo

Y casi se nos hizo de noche...

Este resultó ser nuestro último lugar en Bolivia, un cierre magnífico para este país. Volvimos a Copacabana, despedimos a nuestro amigo fronterizo y nos encaminamos a Puno, en Perú.

Bolivia nos dejó un sabor agridulce. Es un país al que hay que tenerle mucha paciencia. A los cortes de ruta, a los transportes caóticos, a los malos tratos, a las estafas… pero si uno logra sobrellevar todo esto, la recompensa resulta invaluable. Paisajes imponentes, ciudades que respiran historia, personas incansablemente trabajadoras y una cultura y estilos de vida que perduran a través de los siglos, incluso anteriores a la colonización, esperan a cualquiera que este dispuesto a descubrirlos. Tan cerrados pueden llegar a ser los bolivianos que gracias a ello, preservaron su identidad precolombina, americana y aborigen, que a mis ojos y conociendo ciudades “sudacas” que se sienten orgullosas de ser una imitación barata de las europeas, me da mucha, pero mucha envidia.

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8 Respuestas a “Anécdotas de Copacabana”

  1. Riccardi dice:

    MOYANOOOOOO SOS GROSOOOOOOO! SABELO!

  2. Belen Lopez Aramburu dice:

    quiero que sepan que sus relatos me alegran todas las tardes!! me rio sola mirando la pc (deberia estar trabajando, si jaja). Es bueno saber que siguen tan locos como siempre! se los queire y extraña por aca!!

    • Marcos dice:

      Gracias Uriburu!!! ya hay algunos post más para leer y tengo más para subir…hay que ponerse al día! Avisame a donde te vas asi te sigo!!

  3. hola, que buena la gran aventura que contaste y las experiencias vividas en copacabana , cultura, paisajes y grandes momentos que siempre recordaras…. aguante copacabana,,, como dices muchos de mis amigos argentinos

  4. Rodrigo dice:

    Leyendo lo vívido de tu relato -sobre el viaje que pienso hacer en breve, justo en dos semanas- siento que lo estoy haciendo con ustedes. Entré a buscar informaciones precisas (precios, hoteles, tours) pero no pude dejar de leer todas las crónicas. Lamento que no haya una de Puno y Uros. Felicitaciones, un abrazo y gracias!

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