Colombia de los Vientos

¿Cuántas veces te pensaste a vos mismo viajando hasta el fin del mundo? ¿Cuántas veces soñaste con irte lo más alejado posible de toda civilización, a páramos solitarios, desnudos, con poco o nada de gente? ¿Cómo te imaginaste esos lugares? ¿Cómo eran? ¿Qué colores tenían? ¿Cuáles eran los sonidos que se escuchaban? ¿Se escuchaba algún sonido?

Este es un post muy preguntón, perdón.

No hace falta que contesten (aunque si alguien quiere hacerlo viene muy bien). Por ahí estoy creyendo que todo el mundo, o casi todo el mundo, ha soñado o pensado en viajar a lugares cómo los que surgirían de las respuestas a esas preguntas. Por ahí simplemente me las estoy haciendo a mí mismo.

¿Cuántas veces soñé con irme lo más alejado posible de toda civilización, a páramos solitarios, desnudos, con poco o nada de gente? Muchas. Miles. Desde que era chiquito, me imaginaba visitando infinidad de veces, lugares solitarios. O, mejor dicho, me inventaba lugares para visitar. En el jardín de mi casa, buscaba algún espacio entre las plantas, o entre alguno de los cipreses que ahí había (y que todavía ahí están), y hacía de cuenta que estaba en un bosque, lejos, bien lejos de todo. Y cuando tenía ganas de merendar, volvía corriendo a casa, regresando a la civilización en un santiamén.

Ya de más grande, la imaginación pareciera atrofiarse un poco. O al menos a mí.

Este también es un post muy personal, perdón otra vez.

Sólo escenarios cómo los del Cabo de la Vela logran (en mí) volver a generar esas sensaciones de soledad, lejanía y aventura propias de encontrarnos en el fin –o el principio- del mundo.

Y la Guajira, esta zona maravillosa de Colombia, es un poco eso. Es el fin, o el principio, de todo el continente sudamericano. El punto más al norte de Sudamérica se encuentra aquí. Es donde el continente termina. Donde Sudamérica no está tan al sur.

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Propio de los lugares alejados, su accesibilidad es limitada. Un bus de Maicao hasta un cruce de ruta, de allí a Uribía (Capital de La Guajira y de la comunidad indígena Wayúu) fue lo primero que hicimos. De ahí queríamos (hey, ya empecé a hablar en plural, ¡este post no es todo sobre mí!) ir a Cabo de la Vela. Lo siguiente era tomar una especie de camioneta y viajar en la parte de atrás, y rezar porque saliera alguna a la hora que habíamos llegado. Porque aunque eran un poco menos de las doce del mediodía, parecía que no saldrían más transportes hasta el día siguiente. Es que, según nos contaron, todo comienza a moverse muy temprano (a eso de las 3 a.m.) y por lo tanto también termina muy temprano. Así que a las doce ya casi nadie volvía para Cabo de la Vela.

Tuvimos la suerte de que algunos Wayúu se quedaron hasta más tarde y estaban por regresar, así que nos unimos a este último transporte que salía, no sin antes comprar algunas provisiones para pasar los días en el Cabo. Un lugar lejano, más un difícil acceso, dan como resultado casi siempre precios elevados.

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Bueno, y ahí estábamos, viajando en una camioneta abierta, con varios pasajeros locales, la tierra del desierto que lo cubría todo, y la sensación de alejarnos por un rato del mundo que nos invadía el cuerpo. Venían a mí esos recuerdos de bosques inventados y de soledad autoinflingida.

Este es un post que mezcla sentimientos de otros con sentimientos propios, ¿Perdón?

Cada tanto parábamos en zonas que para mis novatos ojos eran todas iguales. Algún que otro pasajero bajaba y algún otro subía, todo en el medio de la nada. Las casas estaban repartidas aleatoriamente en la sábana uniforme que formaba el suelo, separadas una de la otra por varios kilómetros, cómo si algún gigante las hubiese revoleado desde el cielo y las hubiese puesto a echar raíces simplemente donde habían caído.

Todos los conductores eran habitantes de la zona. No había caminos marcados, y las curvas y contracurvas del supuesto recorrido eran incontables. Nadie que no conozca el lugar podría saber cómo llegar. Tampoco había carteles con indicaciones. Los propios locales los habían sacado.

Ninguno de los indígenas que viven en La Guajira quiere que les roben su lugar. Y encuentran estas formas para defenderse. De los otros, del gobierno, de los posibles grupos interesados en ocuparlo. ¿Polémico? Mmmm, al menos valdría la pena discutirlo.

Después de algo así como un par de horas, llegamos finalmente a Cabo de la Vela. Nos quedamos en el primer lugar que vimos, y que, luego de averiguar, resultó ser el más barato. El olfato de mochilero se nos ha vuelto cada vez más agudo.

Nuestro cuarto era caluroso, sin luz (solo la encendían durante la noche, ya que hacía muy poco habían extendido la electricidad hasta esta zona) y contaba con vista al mar pero solo desde la puerta, ya que no teníamos ventanas. La playa estaba ahí, a pasitos de la entrada. Casi que la arena llegaba a nuestra cama.

El mar era omnipresente. Cercano, lejano, intenso y calmo. A lo lejos, olas gigantes hasta donde alcanzaba la vista. A “lo cerca”, pequeños movimientos que mojaban un poquito los dedos de los pies descalzos.

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El agua salada estaba por todos lados. El agua dulce, en cambio, escaseaba. Para bañarnos, para ir al baño, para lavarnos los dientes, todo lo debíamos hacer con un jarrito. El agua era cara y no podía desperdiciarse.

Recordé la cantidad de veces que en mi casa había dejado el agua corriendo mientras ponía dentífrico en el cepillo de dientes, o lavaba con agua caliente los platos cuando no era necesario (¡Agua caliente para lavar los platos! ¿Cuánto hacía que no veíamos una cocina con agua caliente? ¿O una ducha?), o las miles y miles de ocasiones en las que abría la canilla mucho antes de entrar a bañarme, o los baños de treinta minutos que me tomaba (¡¿Treinta minutos?!). Y ahí mi concepción sobre el agua cambió para siempre. La vi escasa, cara, lujosa, finita. Abría la canilla, y no salía nada. La pileta del baño tenía solo arena. Todo lo que había era un balde lleno de diamante líquido, en este lugar lejano.

Este es un post que “grita”: ¡CUIDEMOS EL AGUA!… y no voy a pedir perdón por ello. Ni siquiera por las mayúsculas.

Nos acercamos a hablar un rato con el dueño y con parte de su familia. Ahí estaban reunidos todos, charlando y tomando algunas cervezas (la solera y la polar venezolanas contaban con mayor presencia que las cervezas colombianas). De fondo, obviamente, el mar que todo lo arrullaba. Y más atrás, a través de una bruma de misterio, el sol del atardecer.

[frame align=”center”]Atardecer Cabo de la vela[/frame]

Era muy distinto el mar del Cabo de la Vela, a cualquier otro mar que haya visto antes. En nada se parecía al mar Caribe. Esto parecía (¡era!) un océano. Interminable e inabarcable. Un océano del fin del mundo. El océano que se les vendría a la mente a esas personas que vivieron siglos y siglos atrás, cuando La Tierra se creía cuadrada. Ese océano dónde todo terminaba.

[frame align=”center”]Cabo de la vela[/frame]

Este es un post que volvió a hablar sobre el mar. Mil perdones

La noche pasó con varias cervezas invitadas por el dueño, charlas, y borracheras de madrugada. Yo tuve la loca idea de poner un despertador a las tres de la mañana para salir a admirar las estrellas cuando todas las luces del Cabo (salvo la del faro) se apagaran. Ya con la luz que había en ese momento se contaban de a miles, así que verlas al arrope de la noche debería ser increíble. Sin embargo, nunca me desperté y Vero se debió ocupar del sonido de la alarma.

-¿Vero?

-¿Qué?

-Perdón.

Todo en el Cabo tenía sabor a aventura. Dos días seguidos salimos a caminar por este desierto que chocaba con el mar y creaba un paisaje imposible de imaginar. Caminábamos por la orilla y lo observábamos. En el mar flotaba lo que yo creía que eran bolsas de extraños colores. Negras, naranjas, verdes con pintitas. Miré de más cerca y me di cuenta que las bolsas se movían. ¡Eran animales! ¿De qué tipo? ¿Peces, caracoles, babosas? No lo sabía. Tenían una especie de alas con las que imitaban el vuelo en el agua. Cómo rayas pequeñas, coloridas y viscosas.

[frame align=”center”]Pilón de azucar[/frame]

Estábamos el mar, un bote solitario anclado, el desierto, Vero y yo. Probablemente el desierto, el mar, y el bote, sabían que eran esas cosas que nadaban tan extrañamente, pero no querían compartir su secreto conmigo. Bueno, tal vez el desierto no.

[frame align=”center”]Bote[/frame]

Y también estaba el viento. Cómo si realmente nos encontráramos en el abismo del mundo, soplaba sin misericordia. Fuerte, tanto que empujaba para atrás. No dejaba avanzar, y volaba nuestros pelos, nuestra ropa. Daba frío. Intenté grabar con el celular una panorámica del Pilón de Azúcar, pero todo fue viento.

(Si van a apretar “Play” bajen el volumen, que el viento se escucha muy fuerte)

Bajamos de ahí, y seguimos caminando. El mar y las rayas viscosas nos escoltaban. De la nada apareció un pescador. Apenas se acercó nos saludó, y no perdí el tiempo en preguntarle. “¿Qué son esos?” Sin mirar mi dedo que señalaba al agua pero sabiendo a qué me refería me contestó: “Peces murciélagos”.

“Ah, ¡gracias!”. Sí, en el fin del mundo los murciélagos nadan.

Seguimos caminando, y una pequeña serpiente pasó a saludar. Me sobresalté, pero a ella no pareció importarle. Siguió su camino como si nada. Me di vuelta para ver que hacía el pescador, para ver si se estaba riendo de mí, pero no lo vi más. ¿Dónde estaba? Nos encontrábamos en el medio del desierto, no había lugar donde esconderse, ¿Cómo es que había desaparecido?

¿Será que el mar se volvió pescador para compartirme su secreto sobre los peces murciélagos? Yo lo había notado más bravo cuando hablaba con él, las olas habían aumentado. Y justo había traído un pez murciélago cerca de la orilla para que lo pueda ver bien. ¿Será posible?

Qué pavadas las que digo, seguro el pescador agarró para otro lado y yo ni me di cuenta. O capaz estará nadando por ahí. Fundiéndose con el mar.

Y probablemente el pescador sea el mar, pero no en el sentido literal de la palabra “ser”. Sino en el sentido que hoy se me ocurrió darle.

Este es un post que no tiene final. Vuelve a comenzar. De otra forma, pero igual.

Cabodelavela2

¿Cuántas veces te pensaste a vos mismo viajando hasta el fin del mundo?

Cabo de la Vela

¿Cuántas veces soñaste con irte lo más alejado posible de toda civilización, a páramos solitarios, desnudos, con poco o nada de gente?

Cabo de la vela

¿Cómo te imaginaste esos lugares? ¿Cómo eran?

Cabo de la vela

¿Qué colores tenían?

viento

¿Cuáles eran los sonidos que se escuchaban? ¿Se escuchaba algún sonido?

Después de leer este post, les recomiendo ver esta película…

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8 Respuestas a “Colombia de los Vientos”

  1. Magalí dice:

    ¡Dormilón! jajaja ¿Por qué pedís tantas veces perdón? ¡Tus posteos personales-paradójicos-preguntones son los mejores! Bonito lugar Marks…

    • Marcos dice:

      Hoy leí tu posteo del día y escribiste una frase que yo escribí hace unos días para mi próximo post. “tirar las palabras al mar”….la voy a dejar, para que nos sigamos sorprendiendo de las coincidencias de la vida!

  2. Agustina Aguilar dice:

    Hermoso relato, muy poético! Voy a viajar a Colombia y me puse a ver páginas y blog de gente que ya pasó por la experiencia de visitar el país. Mi viaje va a ser un poco distinto…voy a ir a Medellín, Bogotá y Cartagena aunque después de lo que leí quiero ir conocer Cabo de la Vela también!! No tengo mucho presupuesto pero en alguna ciudad me quiero dar un gustito y parar en un hotel por un par de días nomás estoy viendo opciones a través de sitios como este .En Medellín y Bogotá ya reservé un hostel de habitaciones compartidas, y estoy viendo de hacer unos kms más y terminar en Panamá si es que me lo puedo permitir. Estoy muy entusiasmada porque llegue el día más con todas estas historias que estoy leyendo y me están llegando 

  3. July López dice:

    Lindo post, recordé otra vez lo que sentí cuando fui a ese mágico lugar, y el atardecer en el faro es el atardecer más hermoso que yo he visto 🙂 .

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  1. […] abrió su blog y hoy ya ha subido su primer día. (¡Me enamoré de Luna, ya te lo dije Cin!) y Marks escribió un post hermoso. Digamos que es su Día 1, y me gusta, porque es super personal (jajaja […]

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