Relatos en cuarta persona

A eso de las doce del mediodía, a él se le había ocurrido la brillante idea de salir a comprar hielo para preparar un licuado de maracuyá. Era ciertamente una gran idea. Los 35 grados centígrados y el sol que tanto amaba oprimían los pasos, los segundos y los minutos. No tanto las horas, que se volvían más soportables a medida que la aguja más chica del reloj cambiaba de número.

En las  calles de la ciudad, poca gente se animaba a enfrentar en desnuda batalla al rayo del sol. Paraguas, trapos encima de la cabeza, cambios repentinos de vereda en beneficio de la sombra…todo valía.

Él, tal vez intentando amigarse con la naturaleza, o tal vez queriendo llegar lo más rápido posible para que el hielo no se derrita, corría con la bolsa por el medio de la calle. Las gotas caían igual, y era posible ver como se evaporaban en el instante que tocaban el asfalto adoquinado. Sólido, líquido y gaseoso, todo en cuestión de segundos.

El calor emanaba del piso, de las paredes y de los cuerpos. De los perros echados en portales y de los hombres sentados en cuero en sillas de plástico. Él solo podía pensar en ir al hostel, ponerse bajo el ventilador (o abanico, como le dicen por ahí) y recuperar fuerzas.

Ni las prostitutas tenían ganas de pavonearse por ahí frente a los turistas que paseaban. No, hacía demasiado calor para eso.

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Ella lo esperaba ya para almorzar. La humedad le molestaba hasta los rulos. Y en el aire, faltaba el aire.

Juntos se registraron en el hotel y vieron que antes que ellos se había anotado una pareja de argentinos. “¡Qué casualidad!” pensaron.

Como buenos compañeros de viaje, se dividieron las tareas. Él, iba a cocinar. Algo así como una ensalada de repollo (o col, como también le dicen por ahí). Ella, a preparar el licuado y salir a buscar precios de veleros para cruzar a Panamá.

El calor seguía sofocando pero la vista desde las murallas lo compensaba. El atardecer iba a ser fantástico, como el del miércoles y el del martes. Como el de siempre, todos lo sabían.

[frame align=”center”]Atardecer cartagena[/frame]

Horas, días o semanas pasaron y consiguieron lo que estaban buscando: un lugar en un velero y a un precio suficientemente económico. En pocos días cruzarían el mar Caribe, verían delfines en el trayecto, y llegarían a Ciudad de Panamá sin mover un dedo. Qué afortunados son algunos. Otros viajeros pasarían noches en vela buscando la mejor forma para cruzar.

Se hizo de noche y los carruajes comenzaron a desfilar por la ciudad. Ensanchaba corazones el solo hecho de verlos pasar por las callecitas empedradas con velas a los costados, mientras los enamorados en el asiento de atrás se besaban y se miraban como si fuera la primera y la última vez.

[frame align=”center”]Carretas[/frame] [quote style=”1″]Fue dicho hace tiempo, en una especie de mantra, allá por un abril. Pasó lo que tenía que pasar: enamorarse de y en Cartagena…su nombre traía tantas controversias que por un momento me olvidé de nombrarla. ¿O lo hice apropósito?

Sí, Cartagena es fea. Horrible. Agobiante en su sol y su luna. Y, sin embargo, es hermosa. El calor, la humedad. La pobreza, la delincuencia, el asedio a turistas. Los licuados de maracuyá, un atardecer, luces reflejadas en empedrados, un colombiano gentil que te sonríe (uno más). Horrible y hermosa ambivalencia.

Mejor no implantar preconceptos nombrándola de antemano. [/quote]

Esa noche decidieron salir a cenar. Habían visto en Gestemaní un lugar de correntazos (“correntazos. La palabra regresó hacía mí hace poco, viajando con una chica de Buenaventura en el 55, de Caballito a Palermo”). En ese lugar otros mochileros los vieron. Pidieron casi lo mismo. El agua panela helada con limón calmó la sed, cuatro veces.

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Hasta ese momento ellos no sabían que sus caminos se cruzarían. Ninguno de los cuatro. Solo unas miradas, un hotel compartido, y nada más. No sabían nada unos de los otros.

Pero centroamérica se teñiría de Jonas y Flor para Vero y Marcos. México no lo recordarían como el México que recuerdan y lloran hoy, sin ellos. Tendría menos gusto a habanero, sería menos familiar y daría menos vueltas en las cabezas de dos personas que habían decidido irse a la goma, ya en tiempos remotos, nublados. Sería menos recuerdo.

[quote style=”1″]Cuántas veces me enamoré en Cartagena, ya no lo sé. Cuántas sentí repulsión, tampoco. Cuántas prostitutas embarazadas vi: dos. No todo se olvida tan fácil.

El pecho se me hace enorme y los pulmones lo empujan para afuera cada vez que recuerdo Cartagena. Pero no sé si es por amor o por tristeza. O por el amor más triste de todos. Cierro los ojos y parto el cerebro en dos para encontrar con las manos los recuerdos de esta ciudad. Y veo y toco mares sucios y adoquines, y puestas de sol, y huelo Juanes Valdeces y rompo colores naranjas que se deshilachan en marrones oscuros.

Esos ataques de cenas nocturnas, esa lucha entre sudamericanos, esas cosas que tanto me habían gustado de Colombia. Todo faltaba y sobraba, en su justa medida. Y eso entristecía las piernas, y yo ya no me quería mover. Agua en bolsa, pan de bono, arepitas…nada era suficiente. Costaba mucho. Los días se volvían fluorescentes e impedían ver con claridad.

¿Te cuento algo? Descoloca Cartagena. Da hermosuras y vacía de Colombia. Hace sentir cañones y murallas. Hace escupir pasiones y palabras de amor desde los balcones coloniales. ¿Y lo peor? Te deja con un “queséyo” que se te quedará ahí, bien adentro, hasta el fin de los tiempos.[/quote]

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Flor alguna vez les ha dicho que se sintió igual a ellos. Que el viaje de Jonas y ella en velero había sido un suplicio y que jamás volverían a hacer una cosa así. Marcos se sintió bien al saber que no era el único. Y el consuelo de tontos le duró poco, porque descubrió que ni siquiera él había sido especial para Cartagena.

El lugar los hizo sentir parecidos, y probablemente ese haya sido el motivo del reencuentro y la unión que a hoy, sigue presente. La ciudad amurallada tenía su peculiar forma de hacer funcionar las cosas, y esta no era la excepción. Sus brazos llegarían a Panamá, a Nicaragua, a México, a Dinamarca y devuelta al sur del ecuador. Los cuatro no lo sabían, pero sí, todo y más sucedería.

[quote style=”1″]A veces me gustaría preguntarle al primero que se me cruce: ¿Qué sentiste ahí, en tus almas, cuándo como yo, descubriste la ambivalencia que pincha en las yemas de los dedos? Quiero encontrar la verdad de las cosas, de las luces, de las ciuades, aunque sean distintas para cada uno.

¿Te cuento algo más? Hay veces que digo que me gustó Cartagena. Sobre todo cuando recuerdo el año nuevo en Córdoba que pasamos con Flor, en el que un viento frío me sacó un cubito de hielo de los dedos y lo hizo estallar en miles de cristales contra el adoquín de la calle.[/quote]

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6 Respuestas a “Relatos en cuarta persona”

  1. Eusebio dice:

    Quiero estoy de vacaciones en colonbia y me gustaría a ser esa ruta de. Colombia a Panamá soy dominicano nesecito la visa de Panamá para poder a ser esa trabecia

  2. Maria Gracia dice:

    Hoola!! Quiero hacer un viaje de mochilera por sur america, la idea seria empezar en colombia y despues ir bajando… pero tengo un cagaso de colombia! es tan peligroso como dicen? Pasa que voy sola hasta ahora!

    • Marcos dice:

      María García,
      Para nada, Colombia no es más peligroso que cualquier otro país de Sudamérica. Incluso me atrevo a decir que Venezuela o Ecuador tienen mayor inseguridad en estos momentos que Colombia. El país no es lo que solía ser 10 años atrás…está mucho más seguro!!
      Mucha suerte y disfrutá de ese hermoso país!

  3. yailen rojas bermudez dice:

    hola soy cubana y queremos cruzar a panamá ,hay mucho control en la lancha q va hacia capurgana ,en sus viajes se encontró a algún cubano cruzando por esa vía,gracias de antemano

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