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Cafayate: Harto Místico II, la historia de Walter

Una noche de peña

Si no leiste la primer parte, empezá ACÁ!

 

La historia, resumida, cuenta más o menos así. Hace unos años, llegó al hostel Walter, un mochilero de unos 30 años, que andaba recorriendo el norte argentino. Pidió una cama, y Chichí (el dueño), le dio una en la habitación cinco. Walter quería conocer Cafayate bien, y es así que pasaron días y días en los que él se quedó en el hostel, y compartió con Chichí zapeadas, cervezas, comidas y salidas…se habían empezado a llevar muy bien y Chichí ya lo consideraba un gran tipo, abrazándolo o brindando con vino después de terminar una guitarreada. Solo le llamaba la atención lo “chapado a la antigua” que resultaba ser en algunas ocasiones, teniendo en cuenta que no tenía mucho más de 30 años.
Después de haber pasado casi una semana, Walter un día le dijo a Chichí que iría a Tucumán a conocer Tafí del Valle, y que probablemente demore un día en volver o que incluso podría volver en el día (Tafí del Valle está a poco más de 100 km de Cafayate). Con un saludo muy sentido, Walter se despidió de Chichí hasta más tarde.
Tres días después, no había noticias de él. Nunca regresó al hostel.

Cafayate: Harto Místico, abriendo los ojos a la “nueva” cultura

"nueva" cultura

Ya arribados en Salta, pasamos la noche en un hostel del centro para dirigirnos al otro día a la mañana a Cafayate. La emoción por empezar nuestro recorrido no nos permitió quedarnos quietos, y en plena noche/madrugada salimos a recorrer la ciudad. Muchos lugares ya estaban cerrados, pero encontramos un barcito donde comer y tomar algo.  Después de unas horas volvimos para descansar.
Al otro día salimos raudos para Cafayate, con la idea de volver a Salta más tarde en nuestra recorrida por Cachi (situación que finalmente nunca se dio). Cafayate se encuentra a 192 km de la capital salteña, y es famoso por sus paisajes de montañas de colores, su gente simpática y tranquila, y sus viñedos, que producen vinos comparables con los mendocinos.
Después de un viajecito en bus, con un sol que partía, llegamos mochila al hombro al pueblo, y nos atacó una horda de gente ofreciéndonos alojamiento. Habremos recibido más de cinco propuestas. Finalmente, una chica nos convenció de seguirla, atrás de unos gringos que también estaban buscando hospedaje. Cuando comenzamos a caminar para el hostel, uno de los hombres que había intentado persuadirnos de visitar su lugar, de la vereda de enfrente nos dijo: “no dejen de pasar por acá, es sin compromiso”.

Nos fuimos a la goma!: Rompiendo el cascarón y las experiencias con los aviones

En el aeropuerto a la hora señalada...

Voy a caer en algo obvio: tomar la decisión de irse a la goma no es fácil. Dejar el trabajo, tu casa o departamento, tu familia, y tu rutina protectora menos que menos. No es algo que se resuelve de un día para el otro y, en nuestro caso, fueron meses de idas, vueltas, dudas, miedos, interrogantes, e incluso peleas. En esos meses, a pesar de todas esas dudas y miedos que daban vueltas en nuestras cabezas, las ganas de conocer el mundo seguían ahí, como un bichito que te carcome la conciencia cada vez que te levantás, te preparás para ir a trabajar, te bañás, te tomás el colectivo, comés, te vas a dormir, saludás a ese vecino que te cae mal… es decir, todo el tiempo. Estaba claro que los dos queríamos irnos a la goma, aunque llegamos a ese punto por caminos distintos. Por el lado de Vero, conocer Latinoamérica siempre había estado en sus planes. Incluso antes de que nos conociéramos. Solamente estaba esperando terminar la carrera de Contadora para poder empezar con su aventura.

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