Archivos de la categoría: Colombia

Genuina y desinteresada Bogotá

Capitales, capitales, capitales. Siempre nos han caído mal, es la realidad. Mucha gente, mucha suciedad, aglomeración, transportes colapsados, tráfico incesante, gente “en la suya” y pocas probabilidades de interacción genuina y desinteresada de buenas a primeras.

Nuestro paso por Bogotá, fue bastante desprolijo e improvisado. Hasta dudamos de pasar por allí. Ya teníamos arreglado visitar la casa de un anfitrión de Couchsurfing, pero a último momento se nos pinchó. Así que un día antes de partir para allá desde Medellín, nos encontrábamos sin rumbo, y buscamos como locos a alguien más que pueda alojarnos, aunque no tuvimos éxito.

Me enamoré de Medellín

No puedo ni quiero ocultarlo: Medellín, es, por lejos, la gran ciudad que más me gustó de todo Latinoamérica. No sé qué fue. Si sus calles, sus alrededores, sus parques, la liberalidad de su gente o tal vez la combinación de la marginalidad característica de las ciudades latinoamericanas con lo cosmopolita de una urbe moderna. O todo eso junto. Lo cierto es que Medellín es una de las pocas ciudades en las que me animaría a vivir. Ni siquiera Buenos Aires llega a ese nivel en mi ranking de ciudades (el cual acabo de inventar Risa).

Llegamos a Medellín desde Salento y nos encontramos con Álvaro, quien nos hospedaría en su casa gracias a Couchsurfing. También podemos atribuir nuestro amor a la ciudad paisa al anfitrión que nos tocó. Los días que planeamos pasar en Medellín se multiplicaron por tres gracias a él. Conocer la ciudad con un guía paisa suma, y mucho.

El mejor café de Colombia

¿Alguna vez se han puesto a pensar lo difícil que es para una persona sacarse de encima un apodo, una reputación, o un estigma? Hazte la fama y échate a dormir, dice el refrán. Al que le decían gordo en la infancia, aunque ahora haya bajado de peso, sus amigos seguramente lo siguen llamando igual. El cuatro ojos que ahora usa lentes de contacto, sigue teniendo el mismo apodo, y al bagayero que años después mejoró su paladar amoroso, se le hace muy complicado encontrar a una mujer hermosa que quiera salir con él, porque claro, él solo sale con bagayos, y cualquier mujer que se precie no se considera uno de ellos.

Es que una vez que nos creamos una fama, es muy difícil sacárnosla de encima. Ese juicio de valor que se crea sobre nosotros porque en algún momento fuimos (o somos) o hicimos –hacemos- tal o cual cosa, queda flotando en el inconsciente colectivo casi eternamente, mientras que nosotros desearíamos bajarlo de ahí arriba con un misil antiaéreo para que deje de atormentarnos.

Cali = July (o nuestra primera vez en Couchsurfing)

El viaje de regreso para Popayán desde Neiva fue, como suponíamos, una tortura. Ya era tarde en la ruta, así que comimos un queso y pan con aguapanela para engañar al estómago hasta llegar a destino.

La panela es una especie de extracto de jugo de caña de azúcar que se solidifica (no tengo foto, estuve mal ahí, pero imagínense un rectángulo del tamaño de un posavasos y del ancho de tres barras de chocolate marrón y duro), y se pone a hervir en agua para hacer la famosa aguapanela colombiana. Se puede tomar fría o caliente. A mí particularmente fría con mucho limón me encanta. 😀

Desgracias con suerte y el Desierto no-desierto.

Salimos con Mayra temprano a la mañana para llegar a un horario razonable a Villa Vieja, puerta para adentrarnos en el Desierto de la Tatacoa. Nuestro recorrido sería el siguiente: De San Agustín llegaríamos al cruce de ruta, de allí a Pitalito en un bus y desde ahí a Neiva. Una vez allí iríamos a Villa Vieja y desde ahí finalmente sí, al Desierto (cansa de solo leerlo ¿no?).

Descubriendo San Agustín

La ruta Popayán-Pitalito es una clara muestra del desastre que pueden llegar a ser las carreteras colombianas. Al menos las cuatro primeras horas de trayecto son a través de caminos de barro (“destapada” llaman en Colombia a la ruta no pavimentada), derrumbes y curvas. Además dentro de la buseta (los buses más grandes no pueden hacer este viaje) en la que viajábamos para San Agustín, todo era caos. Gente apilada sobre bolsos sobre gente. El pasillo atestado de cajas y de personas que se mecían al ritmo de las curvas que la buseta agarraba. Y para completar el escenario, los más chiquitos, al no soportar tanto movimiento, vomitaban sin descanso.

Colombia: muerte, narcotráfico y guerrilla

Salimos de Otavalo derecho para Ibarra, ya más cerca de la frontera. Hoy sería un día largo. Llegaríamos a una de las fronteras a la que más le teníamos miedo, la que se nos había planteado desde que empezamos el viaje como una de las más peligrosas. Hasta ese día. Luego de unas horas  de viaje hasta Ibarra teníamos que tomar otro transporte hasta el paso Tulcán-Ipiales.

Atemorizados, arribamos a la frontera esperando un lugar sórdido, sucio, peligroso, repleto de estafas y curiosamente, no encontramos nada de eso. De hecho este cruce fue uno de los más fáciles y seguros que nos tocó hacer.

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