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Cuando Mérida se viste de carnaval

Hay noches que son realmente oscuras. Como esas noches sin luna donde poco se ve, esas noches donde el aire parece opaco, esas noches donde la frase “boca de lobo” revolotea en ese aire, o se queda en la punta de la lengua. Una noche de esas nosotros llegamos a la terminal de Mérida.  Eso es más de lo que puedo decir sobre nuestra ubicación, porque de lo que estaba fuera de esa terminal, yo desconocía absolutamente todo. No sabía si estábamos lejos o cerca de la casa de nuestro host de couchsurfing, y no teníamos teléfono para llamarlo.

La terminal de hecho se encontraba cerrada, habíamos llegado tan tarde de nuestro viaje de terror, que el “simpático” conductor del bus nos depositó en la puerta, bajó los equipajes, y se fue campante. Los venezolanos que viajaban con nosotros (lo que equivale a todos los pasajeros, ya que el recuento de extranjeros, exceptuándonos, era igual a cero) se apresuraron a tomar los taxis que estaban esperando. Sin tener muy en claro qué hacer, esperamos que aparezca alguien que nos quiera prestar un teléfono para pedir ayuda o un taxi. O El Chapulín Colorado, quién sabe, en una de esas…

Muestra gratis de política venezolana (prueba superada)

Hacía ya un rato largo que estábamos arriba del taxi que nos salvó de la mafia de la frontera en Cúcuta, y estábamos solos, así que el viaje empezó a ponerse aburrido. Intenté cruzar algunas palabras con el señor taxista, pero hablaba tan rápido, y el motor hacía tanto ruido, que no lo entendía nada.

Desistiendo de la posibilidad de entablar cualquier tipo de conversación, me dediqué a mirar por la ventana los siguientes largos minutos, hasta que el taxista se dio cuenta de mi hastío, y me acercó un diario que tenía en el asiento del acompañante diciéndome: “¿Quieres leer algo? Toma”.

El diario en cuestión tenía, como de alguna forma lo esperaba, a Chávez en primera plana. Venezuela según este diario, y por las primeras páginas y titulares que leí, era casi un cuento de hadas. Todo estaba bien, la gente tenía cada vez mejor nivel de vida y las cosas andaban cada vez mejor. Debo admitir que no recuerdo el nombre del diario, y tal vez estoy haciendo como aquel que tira la piedra y esconde la mano, pero la intención no es criticar al diario (¿Quién soy yo para criticar un diario después de leerlo por arriba y que habla sobre un país que apenas conozco?) sino que esta explicación sirve para relatar lo que sucedió a continuación:

Aló Venezuela (o cómo sobrevivimos al cruce de frontera)

venezuela1

Cúcuta es una de esas ciudades que uno no esperaría encontrar en una frontera. A pocos metros del borde que separa Colombia de Venezuela se erige este centro urbano que se puede decir que poco tiene de ciudad fronteriza.

Pero, aunque poco, algo reside en la esencia de Cúcuta que hace imposible olvidarse dónde está ubicada. Las estafas y los “negocios turbios” hacen caso omiso de la apariencia de “ciudad bien” y se meten sin permiso en el cotidiano de esta urbe.

Nosotros llegamos a la terminal tempranísimo a la mañana después de viajar toda la noche desde Tunja. Bajamos medio dormidos para averiguar por transporte para ir a San Cristóbal, ya del lado venezolano. El objetivo era llegar a Mérida, dónde nuestro anfitrión de Couchsurfing nos esperaba.

Apenas puse un pie fuera del bus, seis personas al mismo tiempo me atacaron a mí (y a Vero también) ofreciendo hospedaje, transporte y cambio de moneda. Sin darnos tiempo a reacciones, tres tipos agarraron nuestras mochilas y se las llevaron. Sobrepasado por la situación, me quedé inmóvil, sin saber qué hacer, mientras varios hombres me estiraban la remera para que los escuche y haga caso de lo que decían (juro que esto es literal, no estoy exagerando).

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