Archivos de la categoría: Veo Veo

Veo Veo: mi calle de tierra

Más de 25 años viví en el mismo lugar. En términos de períodos de gestión gubernamental, 10 presidentes pasaron (teniendo en cuenta los cinco que gobernaron en la crisis del 2001) desde que nací hasta que me mudé del que hoy todavía considero mi hogar.

Mi hogar es hermoso (¿quién podría decir lo contrario de su hogar?): tiene robles, cipreses, pasto para sentarse y oler, flores de todos los colores imaginables, benteveos, pájaros carpinteros, abuelas, perros juguetones, gatos orgullosos, una pileta enorme para resguardarse del calor, y una salamandra a leña para resguardarse del frío.

Y la calle de mi hogar es de tierra. Siempre lo fue, y siempre me gustó que lo fuera. El tráfico y el hollín prefieren el asfalto, y yo prefiero el silencio y el aire puro. Así que con la calle de tierra nos llevamos bien.

Veo Veo: Una sonrisa mejor

Sonrisas

21 de junio de 2013. Faltaba un día para mi cumpleaños y en el cielo las noches comenzaron a ser más negras. Dos veces intenté decirme a mí mismo que ya no había nada que pudiera sorprenderme, y tres o cuatro me equivoqué. Una fue con el invierno.

Lo odiaba. Yo nací a comienzos del invierno, pero siempre lo odié. El frío sobre el frío, las capas de ropa que impiden que me mueva con facilidad. Los pasamontañas de lana que pican en el cuello.

Y hacía mucho que no nos encontrábamos, el frío húmedo invernal porteño y yo. Desde mitades del 2011, no sentía el cale en los huesos, el viento que tajea los labios o el frío en las orejas. Finalmente, este 21 de junio, un día antes de mi cumpleaños, el encuentro llegó.

Veo Veo: Aromas de algún día

aromas

Se dio un día que decidimos volver a Buenos Aires. Un día complicado fue ese. Un día de esos donde suceden muchas cosas, donde se toman decisiones, donde los caminos se bifurcan. Y un mes después de ese día, regresamos (¿a dónde? ¿de dónde nos habíamos ido?).

Regresaron muchas cosas con nosotros. Muchos aromas, sobre todo. Cosas que yo me había olvidado (o al menos, eso creía) cómo olían. Un asado entre amigos, por ejemplo. Y no hablo solamente del olor del asado, sino del olor al mantel que se pone en la mesa familiar, de la lechuga y el tomate recién cortados, de las maderas de cajones que se usan para prender el carbón y de los vinos descorchados.

Tantas son las cosas que volví a oler, que me invadió un sentimiento de euforia, amor y nostalgia por lo que tenía ahora, y lo que había dejado atrás. Había olvidado el olor de mí mamá cuando se acerca a darme un beso, de las cajas donde guardaba mis CDs, el olor a nene de mi ahijado ¡qué mal!

A %d blogueros les gusta esto: