Coro, en Sol Mayor

Salimos de Chichiriviche sabiendo que estábamos en la recta final de nuestro recorrido por Venezuela. Solo haríamos una parada más, y luego, nuevamente a Colombia (país que, aún hoy, todavía extrañamos).

El camino fue fácil, corto y tranquilo. Todo un lujo. Llegamos a Coro con gusto a sal y recuerdos de lebranche. Mi cámara de fotos dijo basta la enésima vez que la mojé yendo a uno de los cayos del Parque Nacional Morrocoy, y yo ya no tenía ni tiempo ni bolívares para arreglarla (por eso intentaremos suplantar la calidad por la cantidad en este post, con varias fotos sacadas con el celular –sepan disculpar-). Tendría que esperar a nuestro regreso al país vecino.

Era un día con sol radiante y chicos que salían del colegio, entre empedrados, paredes de colores, y techos con tejas españolas. El aire de ciudad colonial se respiraba en el ambiente.

Bajamos en la terminal y nos dispusimos a tomar un taxi. Curiosamente encontramos un hostel por primera vez en toda nuestra aventura en Venezuela. Un hostel hecho y derecho: un bohemio francés con su mujer y su hijo como dueños, hamacas, habitaciones y baños compartidos, cocina y wifi deficiente: ¿¡Qué más podría pedir un mochilero!?

Todos los taxistas de la terminal parecían conocer el hostel “el gallo”, menos, como no podía ser de otra forma, el que nos llevó a nosotros. Además de que no nos hacía mucha gracia que nos saque a pasear y a dar vueltas por las calles de Coro porque sí, al taxista le parecía graciosísimo el nombre del hostel (capaz algún venezolano podrá ayudarnos y explicarnos el motivo). Y no solo eso, cómo no podía evitar reírse del nombre, le era imposible preguntar a la gente en la calle: le daba vergüenza (palabras textuales del señor).

Indignados, le pedimos que nos pare en cualquier esquina, y nos bajamos. No tardamos mucho en encontrar el hostel por nuestros propios medios; Coro no es tan grande.

 Coro

Caminando observamos la cotidianidad de la ciudad. Inmediatamente me llegaron de no sé dónde unas ganas de querer vivir en un lugar así. Me erizaba la piel ver las casitas de colores, los árboles que enmarcan las calles, plazas, placitas y plazoletas y la juventud (¡Qué viejo que estoy!) que revolotea por todos lados, e imaginarme que esa podría ser mi cotidianidad. Pero por sobre todo lo que me dejaba sin aliento era el sol, siempre el sol. Aunque los días grises tengan su encanto, nada para mí es más reconfortante y más divino, en el sentido espiritual de la palabra, que la luz del sol. Ya sea amarilla, dorada o naranja, no puedo dejar de admirarla. La luz del sol en la cara es una de esas sensaciones que tengo guardadas en alguna cajita, y que uso de vez en cuando para revitalizar el cuerpo y el espíritu. Hoy, mientras escribo esto en un departamento en Buenos Aires, la utilizo más que nunca…

Coro

Coro

Coro

Si bien nosotros habíamos llegado a Coro solamente para hacer una parada y seguir al otro día a la frontera, decidimos quedarnos unos días para recorrer la ciudad y visitar lo que hace que Coro figure en las guías de viaje: sus médanos de arena.

medanos de coro

medanos de coro

medanos de coro medanos de coro medanos de coro

Un atardecer en esos médanos alcanza para enamorar a cualquiera. No era casual entonces, que a esa hora, este parque arenoso se llenase de jóvenes parejas que salían de la escuela. Arena para jugar con los dedos, un atardecer sobre las dunas que enrojecía todo (incluso las mejillas), y la persona amada que te abraza y ve el sol caer al lado tuyo. Nada más era necesario.

medanos de coro

medanos de coro  medanos de coro  medanos de coro

medanos de coro

medanos de coro

medanos de coro

medanos de coro  medanos de coro 

medanos de coro

Volvimos ya de noche a la ciudad, y no tardamos mucho en encontrar cosas interesantes por ahí. En una cuadra cualquiera, se estaba proyectando una película contra la pared colorida de una construcción colonial cualquiera. Las sillas, y la gente sentada en ellas, en el medio de la calle, impedían que pasen los autos.

luna en coro

Incluso la luna no quería ser menos y brillaba más que nunca!

Y era de esperar que Coro, teniendo una juventud tan presente, cuente con una movida cultural importante. Todos los días había algo distinto para ver o hacer. La mayoría de las cosas al aire libre, sino, en teatros, iglesias o locales.

Y ahí sobrevino otro pensamiento, ¡Qué pena no haber conocido Coro antes! Sentía que había muchas cosas por ver, sentir y oler, y por falta de tiempo me las iba a perder. Y probablemente así haya sido.

coro

coro

coro

Nuestro próximo paso sería un nuevo cruce de frontera. Momento tenso si los hay. Afortunadamente, los dueños del hostel, con los que entablamos una muy buena relación a partir de una intromisión en su cocina por parte de Vero (se metió como si nada a agarrar un cuchillo para destrabar la puerta de nuestra habitación, ya que, una vez más se había olvidado la llave adentro) que “rompió el hielo”. Casi siempre estas situaciones bizarras, que viajando suceden muy a menudo, hacen que las personas se relacionen (al menos así nos pasa a nosotros). La necesidad, las ganas de ayudar, y la repentina empatía de un viajero con el otro, de un dueño de hostel ex-mochilero a uno principiante en la materia, generan este tipo de cosas que siempre son bienvenidas.

Volviendo al tema, tuvimos la suerte de encontrar a alguien que nos explicó paso por paso cómo cruzar por la frontera de Maicao, primera ciudad colombiana luego del cruce. Nos contó que la ruta era poco transitada luego de Maracaibo (ubicada a unos 100km de la frontera), y que no era del todo segura (pocos cruces lo son, en realidad).

Tomamos un bus, y después de unas horas llegamos a Maracaibo. De allí a Maicao se podía ir en taxi compartido o en bus, pero el taxi era sensiblemente más rápido y costaba casi lo mismo. Intentamos deshacernos de todos los bolívares que nos quedaban, y dejar solo para pagar el impuesto de salida.

Nos subimos en el taxi y esperamos para salir, muertos de calor en la húmeda Maracaibo. Nuevamente, el cruce de frontera sería toda una experiencia, incluso más fuerte que la que vivimos al entrar por Cúcuta. Por eso, la dejaré para contar en el próximo post 🙂

Esperando al lado del taxi, y ya pensando nostálgicamente en el sol abrigador de Coro, recordé de casualidad que en uno de los días que estuvimos había llovido.

¿Cómo puede ser que, habiendo estado solo un par de días, y que en uno de ellos hayamos tenido lluvia, yo lo único que recuerde es el sol? ¿Cuánta luz propia tiene que tener una ciudad para volver vago el recuerdo de una lluvia torrencial? Hoy lo único que me sale decir es: tanta como Coro.

Si te gustó, también podés leer:

6 Respuestas a “Coro, en Sol Mayor”

  1. Magalí dice:

    ¡Me encantó! Creo que algo que no me gusta de Camboya, y tampoco me gustó de Italia es que son países tan tan contaminados que no hay sol… no hay soles como esos soles memoriosos, hay unos rayitos pedorros que nada iluminan y todos los días parecen nublados. ¡Quiero conocer ese lugar!

  2. Cosme dice:

    Marcos, gallo allá significa “Nerd”, pero también existe otra connotación que tiene que ver con bromear. Cuando alguien bromea, se dice que esta “mamando el gallo”.

    Saludos y que bien que te gustara mi ciudad!

¿Comentarios? ¿Preguntas? ¿Respuestas? Acá es donde!:

A %d blogueros les gusta esto: