Descubriendo San Agustín

La ruta Popayán-Pitalito es una clara muestra del desastre que pueden llegar a ser las carreteras colombianas. Al menos las cuatro primeras horas de trayecto son a través de caminos de barro (“destapada” llaman en Colombia a la ruta no pavimentada), derrumbes y curvas. Además dentro de la buseta (los buses más grandes no pueden hacer este viaje) en la que viajábamos para San Agustín, todo era caos. Gente apilada sobre bolsos sobre gente. El pasillo atestado de cajas y de personas que se mecían al ritmo de las curvas que la buseta agarraba. Y para completar el escenario, los más chiquitos, al no soportar tanto movimiento, vomitaban sin descanso.

Luego de tortuosas seis horas y un transbordo en taxi, llegamos finalmente a San Agustín. Apenas pusimos un pie en el pueblo, una simpática chica nos empezó a ofrecer tours a los principales sitios arqueológicos de la zona. Esta vez, aunque parezca increíble, compramos (no sin antes pedir un descuento, claro).

El pueblo de San Agustín

San AgustínAl otro día andaríamos a caballo recorriendo los lugares arqueológicos más importantes de San Agustín para terminar en el Parque Nacional. Nos acompañaba Mayra, una chica colombo-estadounidense que venía después de varios años a redescubrir su país, y el guía, un colombiano con botas, sombrero y lazo que parecía sacado de esos culebrones colombianos donde la hacendada se enamora del peón.

Fuimos recorriendo distintas zonas, cabalgando por los cerros circundantes a San Agustín. Galopábamos por el medio de la nada de un punto al otro, visitando los restos arqueológicos. Ir a galope a caballo es algo que nunca había experimentado. La velocidad y los saltos asustan un poco al principio, pero al cabo de un tiempo me sentía como el zorro arriba de tornado, viajando a la velocidad de la luz.

San Agustín

Río Magdalena, en San AgustínDe la civilización prehispánica que habitó el área de San Agustín y Tierradentro se sabe muy poco. Casi nada. Solamente se conoce que tallaban piedras rectangulares con los bordes redondeados, con formas antropomorfas y las utilizaban como lápidas de sus difuntos. Y que incluso ponían piedras sobre el lugar donde eran enterrados y creaban una especie de mausoleo, con centinelas tallados en roca que protegían al finado. Se encontraban grabados de todo tipo: pájaros, serpientes, jaguares-humanos, parteras, bebés, diablitos, chamanes, y una larga lista de etcéteras. La época en la que vivió esta civilización también es un misterio. Prácticamente lo único que se tiene son las tumbas, lo demás es pura conjetura.

Lápida San AgustínEl primer sitio al que fuimos era una zona donde había algunas lápidas bastante grandes y un doble yo (una piedra tallada en todas sus caras con diferentes personas que, en definitiva, eran la misma). Luego fuimos a la Chaquira, donde también había una gran roca con muchos grabados de distintos personajes. Y por la zona también visitamos tumbas que todavía conservaban el color vegetal en los tallados.

Un "Doble yo"

El diablito en la Chaquira

Estas figuras todavía consevaban el color

Tumbas Prehispánicas San AgustínFuimos bajando y subiendo del caballo en cada lugar que visitamos, hasta llegar al Parque Arqueológico. Ahí comimos algo de fruta y nos metimos a recorrer el lugar, que contaba sin dudas con los grabados más impresionantes.

Parque arqueológico San Agustín

Lecho de río tallado en Parque arqueológico San Agustín

Parque arqueológico San Agustín

Parque arqueológico San AgustínLuego de un largo día, volvimos a pie a San Agustín. Mayra nos había comentado que al otro día se iría al Desierto de la Tatacoa, del que no habíamos escuchado casi nada. Solo sabíamos más o menos dónde se encontraba, y era realmente lejos. Nos ofreció acompañarla, y dudamos bastante porque era desviarse demasiado de nuestra ruta. Luego de pensarlo un poco, nos acordamos que éramos mochileros y que estábamos allí para conocer el mundo. La curiosidad pudo más y nos embarcamos en una nueva e inesperada aventura.

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