El Titicaca según Perú

Nuestro segundo día en Puno, al borde del lago Titicaca en Perú (en realidad el primero porque llegamos el día anterior a la noche) fue tranquilo. Nos levantamos pensando que íbamos a hacer, y la mejor opción fue preguntarle al encargado del hostel. Teníamos pensado ir a una zona de construcciones funerarias que quedaban relativamente cerca. Existen dos yacimientos por ahí, Sillustiani y Cutimbo, que están a 40 y 20 km, respectivamente. Decidimos ir al que estaba más cerca, pero el encargado del hostel, amablemente se ocupó de pincharnos el globo. Nos dijo que como era domingo, no había medio de transporte que nos lleve para allá, y que era más conveniente ir a Sillustani. Para ir por nuestra cuenta, teníamos que tomar como tres transportes y nos iba a salir alrededor de 30 soles por los dos (poco más de 10 dólares). Con una excursión, con guía y traslado al hostel nos hacía precio de 40 soles. Después de pensarlo, decidimos que era mejor con la excursión, y no se cómo, terminamos comprando este tour y otro más, para el lago Titicaca. Como hicimos las dos cosas, nos dio un buen precio.

Puno no es una ciudad muy bonita, pero lo que tiene de interesante, es su población, una mezcla perfecta de quechuas, aimaras y criollos, que no se ve en otras partes del altiplano.

Hablando un poco de lo que vimos, las construcciones funerarias no son tan impresionantes como uno esperaría, a excepción de las que fueron construidas por los Incas. Desde Bolivia empezamos a ver lo que esta civilización fue capaz de hacer y cada vez nos sorprendíamos más. Lo que le da el encanto que el lugar se merece, es el paisaje que rodea los restos arqueológicos. Llanuras y un lago azul se pueden ver desde donde se encuentran las tumbas, mientras pequeñitos indígenas arrean llamas por alrededor.

Llamas en el sitio arqueológico
Una de las construcciones Incas
Y el lago más abajo

Al otro día, continuamos conociendo los alrededores de Puno. En el Titicaca según Perú, fuimos a visitar las islas flotantes de los Uros. Esta comunidad aborigen, en su intento por resguardarse de poblaciones más agresivas que invadieron la zona, como los Incas, se instalaron en el lago y armaron sus casas con totora, una planta que crece en las orillas. Lo mismo hicieron con sus pisos, y poniendo totora sobre totora crearon islas artificiales que se convirtieron en sus hogares. Las islas son realmente dignas de ver, algo único en el mundo. Pisar el suelo de totora, y darse cuenta que la estructura donde uno está, una construcción tan genial y simple a la vez, flota en el medio del lago es una locura.

Todos los días del año las islas se llenan de turistas y tantos son los visitantes que la comunidad recibe, que la excursión no es tan agradable y genuina como uno lo esperaría. Los Uros saben decir “kamisaraki” (bienvenido/hola en lengua aimara, la que adoptaron como lengua materna hace ya mucho tiempo) y “cómpreme, cómpreme” (no necesito explicar que quiere decir, ¿no?). Uno tiene que responder con un “Ualiki” al saludo, según nos dijeron e hicieron repetir como loros en el tour. Todo muy gracioso hasta que el incesante “cómpreme” da ganas de salir corriendo. La frutilla del postre turístico son las mujeres de la comunidad cantándonos una canción. ¡En inglés! Para nosotros fue demasiado. Obviamente no compramos nada y apenas pudimos nos volvimos a subir al barco. La visita a los Uros nos decepcionó un poco. Y digo solo un poco, porque las islas a pesar de todo siguen siendo impresionantes, más allá de que toda la pantomima que montan para venderte hasta su madre, se vuelva molesta y agobiante. A pesar de ello, y para no faltar a la verdad, hay que decir que también existen Uros que no permiten que los turistas los contacten. El polo opuesto.

La isla que visitamos de los Uros, todo de totora
Vista de las distintas Islas en el lago
Como no podía de ser de otra forma, hasta las barcas, incluso las más lujosas, están hechas de totora

Luego de esta parada, el tour continuaba hacia dos islas en el medio del lago: Amantaní y Taquile. Estas islas están habitadas por las únicas comunidades que hablan Quechua en todo el Titicaca. El plan era quedarse en Amantaní una noche con una familia local, comer con ellos y pasar el día. Llegamos y nos recibió una pareja de señores mayores. El hombre de la casa hablaba un poquito de español, la mujer, nada. Pero con gestos, risas y señas nos hacíamos entender. Con ellos vivía una de sus hijas y otra había venido a quedarse dos días especialmente por nuestra visita.

Las tres comidas (desayuno, almuerzo y cena) eran prácticamente iguales. Yuca –mandioca- o papa, quinua, algunas verduras, y un poco de queso. Para tomar, té de muña (algo parecido a la peperina) que la mujer le había ofrecido a Vero antes para contrarrestar el mal de altura. Todo cultivado y producido en la isla. Traer productos desde tierra firme les resultaba muy costoso. Así que cuando les obsequiamos manzanas, naranjas y algunas uvas nos agradecieron varias veces. La alegría que se reflejaba en sus caras no me la voy a olvidar jamás. También nos ofrecieron productos de vestir que ellos mismos tejían. Yo les compré un chullo que había tejido una de las hijas. Le entregué el dinero a ella, me dio el gorro, y después me abrazó en señal de agradecimiento. Esa humildad y generosidad combinadas me mataron. Hacer realmente feliz a alguien como sé que esa chica estaba, con tan poco, es, cuando menos, gratificante.

A la noche fuimos a bailar con la familia “disfrazados” con sus ropas típicas a un club que era uno de los pocos lugares de la isla que contaba con luz (hacía unos años Fujimori tuvo la grandiosa idea de brindarles luz eléctrica a todos los habitantes de la isla, pero tres horas de electricidad por día costaban lo que la mayoría de la familias ganaban en una semana).  A Rosa, la mujer de la casa, le gustaba mucho moverse, y nos hizo bailar hasta el cansancio, al ritmo de la música de un grupo local.

Volvimos exhaustos a dormir al cuarto que la familia nos había preparado. A la luz de una vela, nos acostamos, y descansamos como bebés.

Los cultivos en Amantaní son mejores que en el resto de esa zona del altiplano, gracias al microclima que se crea en la isla al estar rodeada por el Titicaca
Don’t stop the party!

Al día siguiente nos levantamos temprano para ir a Taquile, la otra isla. Con tristeza despedimos a nuestros anfitriones y seguimos viaje.

Recorrimos Taquile y fuimos al templo del Sol, en la parte más alta de la isla, a ver el atardecer. El templo cuenta con dos entradas: por una se ve al Sol emergiendo a la mañana, mientras que por la otra se ve como se esconde al caer la noche.

Estos arcos en las Islas separan unos de otros, los territorios de las distintas comunidades que las habitan
Vista de la Isla Taquile

El camino (pesado gracias a la falta de oxígeno) fue amenizado por dos españolas que conocimos ahí: Sonia y Verónica. Ellas trabajaban en Ibiza, en una de las discos más conocidas del mundo (la de las dos cerezas, ¿les suena?). Fuera de temporada, se dedicaban a conocer el mundo. Nos matamos de risa con ellas un buen rato, hasta que volviendo a Puno nos separamos (aunque guardamos los contactos).

Conocer el Titicaca del lado peruano, fue más de lo que habíamos esperado. Los Uros marketineros fueron compensados en parte por la genuinidad de los habitantes de Amantaní, una isla que era isla en el sentido literal, pero también lo era en la cultura, costumbres y estilo de vida de sus habitantes. Ojalá nunca deje de serlo.

Si te gustó, también podés leer:

¿Comentarios? ¿Preguntas? ¿Respuestas? Acá es donde!:

A %d blogueros les gusta esto: