Empacho de Caribe

“Modelo uno rotate, modelo dos rotate, modelo tres rotate, luceté, ahora eee…”- Daddy Yankee

“Por ti me he vuelto un poeta, hago rimas en mi vieja libreta, miro al cielo esperando un cometa”- Chino y Nacho

“Calienta y pega ma, pega, ma , pega ma, calienta y pega ma” – Wisin y Yandel

Situación: llegada a Maracay tempranísimo, subida a los golpes para tomar un bus a Choroní en el auge del carnaval, un promedio de dos borrachos cada tres pasajeros arriba del transporte, nuestras mochilas en el pasillo porque no había maletero y música de algunos de los autores contemporáneos que acabo de citar más arriba a todo volúmen.

Si bien sospechábamos que a los venezolanos les gustaba el reggaetón, en ese viaje a Choroní no solo confirmamos nuestra sospecha, sino que le agregamos un adjetivo a la afirmación: a los venezolanos les gusta el reggaetón FUERTE. Bien fuerte.

Más allá de la sordera temporal, los golpes que recibimos en la cabeza cuando la gente intentaba esquivar las molestas mochilas y los ocasionales vómitos por exceso de alcohol y curvas, no nos quejábamos. Era tanta la emoción que sentíamos por llegar a nuestro primer encuentro de todas nuestras vidas con el Mar Caribe, que nada más importaba.

Desde que teníamos uso de razón habíamos escuchado las bondades y bellezas de este mar. Su color turquesa, su calidez, sus arenas de harina, sus peces de colores, los cocos de playa, el trago con la sombrillita…nada podría salir mal en el Caribe. Al menos no para nosotros, que estábamos acostumbrados al frío del Atlántico Sur, a sus aguas amarronadas y a su arena oscura.

Llegar al Caribe era como cumplir un sueño. Era como ganarse ese viaje que te venden en todos los concursos: “Un crucero por el Caribe”. Solo con nombrar la palabra Caribe alcanza para imaginarnos el viaje soñado. Jamás especifican los lugares por donde pasará el pontífice crucero, pero poco importa, es el Caribe, ¿Qué más da?.

Como sucede casi siempre con los sueños, la realidad difería un tanto (bastante) de lo que habíamos imaginado. Choroní en época de carnaval era otra cosa. Había dos mares: uno de agua salada, hermoso, celeste, con olitas, amplio, cálido y a la vez refrescante; y otro de gente, gritón, escandaloso, avasallador y omnipresente.

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Así estaba la playa…

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Y así estaba nuestra cara 😀

Llegamos en época complicada, y eso se reflejaba directamente en la capacidad hotelera, la ocupación del camping, la gente que ya había optado por dormir en la calle y el precio de absolutamente todo. Mochila a cuestas, nos recorrimos la zona buscando donde quedarnos (a un precio razonable). No hubo caso. Todo estaba completo, completísimo.

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Una señora muy pituca, salió de la puerta de una casa enorme, en donde nos habíamos sentado a debatir y a descansar. Muy amablemente nos recomendó que fuésemos a visitar a su vecino, que alquilaba habitaciones, para ver si conseguíamos un lugar. Hicimos como nos dijo, llegamos, tocamos timbre, y nos recibió un señor de unos cincuenta y cortos. Hablamos con él y, cómo esperábamos, no tenía lugar.

Sin embargo, nos ofreció espacio para guardar las mochilas, cambiarnos (estábamos con pantalones largos) y usar los baños. Siendo todavía temprano a la mañana, y dada la situación de sobrepoblación, habíamos decidido solo pasar el día en Choroní, y a la noche seguir camino.

Volvimos a la playa para disfrutar de nuestra corta estadía, y para volver a (ad)mirar el mar. El segundo mar (el de gente) no nos permitía hacerlo desde muy lejos, por eso tuvimos que buscar algún lugar de la playa que estuviera poco concurrido. Por suerte existía una especie de “zona gay” donde los gritos de las familias, las correteadas de nenes por todos lados y la basura brillaban por su ausencia. Nos instalamos ahí, y más allá de uno o dos piropos que recibí de algunos señores en zunga, estuvimos todo el día tranquilos. Nos bañamos, nos sorprendimos por el azul del agua, jugamos con la arena, dormimos siesta bajo el sol y disfrutamos de todas esas cosas que tiene la playa. El olor a sal, los pies bajo la arena, los granos de esa arena entre los dedos, el ruido de las olas…hacía ya casi dos meses que no veíamos el mar, lo estábamos necesitando.

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El mar de agua salada y el mar de gente, unidos

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Creo firmemente que ver el mar cada tanto es algo necesario. Nos hace recordar que, en definitiva, estamos en una isla, una grande, pero isla al fin. Nos muestra el poder de la naturaleza, la inmensidad de algunas cosas que no tenemos presentes, y la pequeñez de algunas otras que no nos dejan dormir. El Planeta Tierra tiene probablemente el nombre menos representativo de todo el sistema solar. Debería ser el Planeta Agua.

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La playa en la “zona gay”

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Cuando ya se nos hizo tarde, volvimos a buscar nuestras mochilas y dirigirnos una vez más (en el mismo día) a Maracay. En el camino nos metimos en el otro mar (sí sí, en el de gente) y probamos arepas, compramos jugos de tamarindo y de lechosa (papaya), y también patilla (sandía) para amainar el calor. Paseábamos en traje de baño por la calle comiendo sandía y nos chorreábamos todo el jugo de la patilla encima (lo que me costó otro comentario cariñoso de la platea masculina: “¡Ay, mira como come la patilla!” me dijo un señorito musculoso que iba abrazado a otro dirigiéndose a la playa).

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¡Nosotros no éramos los únicos que caminábamos sexys comiendo patilla!

Nos metimos al mar de gente para disfrutarlo desde adentro y olvidarnos un poco de la mala suerte de tener que dejar Choroní el mismo día que lo conocimos. Debut y despedida. Hola y chau. Toda esta experiencia, lejos de desalentarnos, nos motivó a ir por más. Así como habíamos decidido irnos de Choroní, sumaríamos más destinos caribeños a nuestro itinerario: Mochima, Playa Colorada, Isla Margarita y el Parque Nacional Morrocoy nos estaban esperando. Íbamos a empacharnos de Caribe.

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  1. […] sobre el mar. Que todos sus artículos eran sobre el mar (lo cual podríamos constatar acá, acá y acá), y esto era porque ama el mar, y además, lo extraña. Y yo puedo decir que mi leit motiv es la […]

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