Genuina y desinteresada Bogotá

Capitales, capitales, capitales. Siempre nos han caído mal, es la realidad. Mucha gente, mucha suciedad, aglomeración, transportes colapsados, tráfico incesante, gente “en la suya” y pocas probabilidades de interacción genuina y desinteresada de buenas a primeras.

Nuestro paso por Bogotá, fue bastante desprolijo e improvisado. Hasta dudamos de pasar por allí. Ya teníamos arreglado visitar la casa de un anfitrión de Couchsurfing, pero a último momento se nos pinchó. Así que un día antes de partir para allá desde Medellín, nos encontrábamos sin rumbo, y buscamos como locos a alguien más que pueda alojarnos, aunque no tuvimos éxito.

Fuimos de cualquier forma y llegamos a un hostel dónde conocimos a una pareja de argentinos, muy chicos (no tenían más de 21 años) que estuvieron recorriendo Venezuela, y habían cruzado hace unas semanas para Colombia. Nos venían como anillo al dedo para obtener información del país que menos data teníamos. Venezuela es figurita difícil para los mochileros, créanme. Anotamos un par de cosas y juntos fuimos a comprar algo para comer, y a visitar el centro capitalino, pelear precios de taxis y dudar de entrar al museo del oro por 3.000 pesos, cuando el lunes la entrada era gratis (era jueves). Lo pensamos (¡eran solo 3.000 pesos!) y decidimos ingresar. El museo no nos defraudó.

museo del oro

museo del oro

museo del oro

Paseamos durante todo el día, y a la tarde noche volvimos al hostel. Cocinamos comunitariamente y después de comer nos llega un mail de Nelson, un rolo que vio en Couchsurfing que no teníamos sofá y se ofreció a hospedarnos. Los planes, si es que alguna vez hubo algunos, volvían a cambiar.

Plaza Bolivar

Nos fuimos a dormir y al otro día nos dirigimos para la casa de Nelson. Despedimos a la pareja de argentinos y salimos a tomar el Transmilenio. Nunca más los volvimos a ver y ni nos pasamos los contactos. Es más, hoy en día no recuerdo ni sus nombres. Hay encuentros que a veces se dan así.

Llegamos temprano a un punto de referencia cerca de la casa de Nelson, donde nos encontramos con él. Nos llevó hasta donde vivía y nos presentó a toda su familia, desde su perro, pasando por sus padres, hasta su abuela. Todas hermosas personas (y animales). Almorzábamos y cenábamos todos juntos, y ellos nos preguntaban de nuestras vidas y nosotros de las suyas ¡Estábamos inmersos en una familia bogotana! y yo quejándome de las pocas probabilidades de interacción, ni yo me lo creo.

Como a Nelson le gustaba hacer ejercicio, lo acompañamos temprano a la mañana a subir caminando a Monserrate, el cerro de Bogotá que permite vistas espectaculares de la ciudad. Como era día de misa, y en la cima hay una Iglesia, la subida estaba concurrida. Nelson, con mucho mejor estado físico que nosotros, se nos adelantó y lo perdimos de vista. Después de varios minutos de subida y un cansancio inhumano para las ocho de la mañana, llegamos a destino.

monserrate

Aprovechamos que habíamos madrugado para ir a visitar la Catedral de Sal de Zipaquirá, a pocos minutos de la capital colombiana. Construida en su totalidad bajo tierra, con iluminaciones imponentes y esculturas y cruces saladas, cada metro cuadrado de la Catedral vale la visita.

zipaquirá2

zipaquirá

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Volvimos a la casa a la tarde, y la abuela nos estaba esperando con la comida. Nunca pude terminar los platos de lo abundantes que eran, y eso me costaba regaños por parte de la señora (¡Ustedes no comen nada!-nos decía).

Al padre de Nelson le gustaba mirar mucho las novedades del país y el mundo en “Noticias Caracol” y yo a veces lo acompañaba y aprovechaba para preguntarle cosas de Colombia. Era inevitable tocar el tema de la seguridad nacional, el estado de las FARC y la aparición de los paramilitares. Si bien dije que no trataría este tema en demasía (aunque creo que, en efecto, no lo hice), en este caso pienso que merece la pena. Empecé hablando de la situación como tantas veces lo había hecho con otros colombianos, naturalmente y sin caer en estereotipos o frases hechas, esperando una respuesta similar a la que había recibido durante los últimos días (que ahora se está mejor, que todavía falta, que los paramilitares son el nuevo flagelo…). Apenas toqué el tema, sentí que el ambiente en el comedor cambió, que la televisión súbitamente disminuyó el volumen, que dejó de pasar gente hablando por la ventana que daba a la calle y que el perro del vecino que estaba molestando dejó de ladrar en el preciso instante en el que terminé de pronunciar la “C” de FARC. Solo escuchaba los latidos de mi corazón que se habían acelerado escandalosamente.

El padre de Nelson me miró directo a los ojos y me dijo con firmeza que no había nada que odiase más que a los “Paracos” y a los guerrilleros. Y que les deseaba lo peor. Al intentar entender un poco más de donde surgía tanto odio, me encontré con que él había vivido casi toda su vida en la zona de los llanos, por el oriente de Colombia, una de las más golpeadas en el país por el conflicto armado. Y al preguntar un poco más, con una mezcla de miedo y curiosidad de esas que surgen frente a verdades que queremos saber pero no estamos seguros de poder enfrentarlas, el padre me confesó que algunos de sus familiares habían estado y están involucrados en el conflicto, tanto en un bando como en el otro. Y que de algunos, como su sobrino, hace más de diez años que nadie sabe nada. Si sigue en la guerrilla o si se escapó y se está escondiendo, si está vivo o está muerto.

-¿No intentó comunicarse nunca?-pregunté sin poder evitarlo, como quién pregunta de qué color es el caballo blanco de San Martín.

–Si se enteran que hace algo así, lo matan. Si intenta entregarse, lo matan. Si se escapa y no llega a una estación de policía para entregarse, no cuenta la historia. Ya saben que a nadie le va a importar si el muere, si es un guerrillero. Incluso si se entrega, tiene que vivir escondiéndose de la guerrilla por el resto de su vida, porque si lo llegan a encontrar, lo fusilan. Una vez que te metiste con ellos, aunque haya sido a la fuerza (porque muchos campesinos son reclutados forzosamente), es muy difícil salir. Yo igualmente no deseo verlo.

El silencio lo cubrió todo. Tanto era el silencio que parecía ruido. El papá de Nelson (que ahora parecía más grandote y más fuerte, pero también más viejo y amargado) me miraba fijo, sin estar enojado, pero seriamente,  infundiendo respeto pero intentando mostrarse receptivo a mis dudas, aunque se notaba que no le complacía hablar del asunto. No me animé a seguir preguntando, porque entendí en el semblante del hombre la seriedad y sensibilidad del tema. Además no podía dejar de pensar en como sucedía la vida en esas zonas donde las FARC dirigían todo, dónde estaría aquel sobrino en ese momento, qué sentía y que le pasaba por la mente. La mía volaba, a miles de kilómetros por hora.

Me animé a comentar una pavada sobre lo que estaban pasando por la tele, me excusé, me levanté y dejé el comedor. Me encontré con Vero, que me notaba raro, y me preguntó que me pasaba. Le contesté un mentiroso “Nada” y seguí carburando realidades que poco se parecían a la mía. Iban a tener que pasar dos días, y dejar Bogotá hasta que procesara lo que había escuchado y pudiera contárselo a ella.

amanecer bogota

Ese día vimos el amanencer

atardecer bogota

Y en el mismo lugar el atardecer.

Esa misma noche salimos a recorrer la ciudad. Intentamos ir al septimazo, que sucede todos los viernes, en la carrera séptima. A partir de las cinco de la tarde, se cierra la calle, y artistas, “buscas”, parejas, estudiantes y locos lindos se reúnen para convertir en fiesta lo que durante el día es caos vehicular. Nosotros llegamos algo tarde, cuando la fiesta acababa así que solo pudimos ver un septimazo menguante.

Continuamos caminando por el centro, y llegamos hasta La Candelaria, la zona de bares y hostels de Bogotá. Recorrimos sus calles, tomamos unas cervezas, nos animamos con Nelson a pedir un tema de Divididos (yo se lo había mostrado antes por internet para que los conociera), obviamente sin suerte, escuchamos a los grandiosos cuentistas callejeros relatar y actuar grandes historias, y nos volvimos a la casa sintiendo que volvíamos a la nuestra, como si fuésemos unos argentinos que fueron adoptados de chiquitos por una familia colombiana.

Pasados unos días, devino la triste despedida. La abuela no podía creer que nos íbamos, y el padre, que comenzó a saludarme más afectuosamente luego de la charla que habíamos tenido –pasamos del apretón de manos a la palmada en la espalda-, vino del trabajo solo para despedirnos. Nos subimos a un taxi que el propio papá de Nelson se lanzó a buscarnos y saludamos por la ventanilla mientras ellos bajaban a la calle para no perdernos de vista a medida que el auto avanzaba. Algunos vecinos chusmas miraban sorprendidos la situación. ¿Qué había dicho yo, poca interacción genuina y desinteresada? Claramente no hay que hacerme caso en todo lo que digo.

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11 Respuestas a “Genuina y desinteresada Bogotá”

  1. Guido dice:

    Excelente post! me encantó. De momentos el relato da un giro y vuelve y luego gira de nuevo. Me sorprendió y me atrapó. Linda historia. Donde menos la imaginabas. Un abrazo y sigan viajando y compartiendo! Saludos!

    • Marcos dice:

      Gracias guido! la verdad es que un poco se dio así y un poco intenté juntar varias cosas en un solo post. Me estaba quedando larguísimo, intenté acortarlo pero realmente no pude, a veces no se puede.
      Ciertamente no esperábamos lo que nos pasó allá!
      Un saludo!

  2. Magalí dice:

    ¡Hermoso hermoso hermoso! Esas situaciones por las cuales crees que está todo dicho (“bueno, nos quedamos acá”) y luego todo cambia y cambia. Eso tienen los viajes, y es que nunca nada está 100% dicho. ¡Un beso enorme! (Y la semana que viene sí o sí me pongo a escribir sobre fotoviaje….jiji)

    • Marcos dice:

      Hey que sorpresa tenerte por acá! un honor! yo colgué con el proyecto, más que este finde es el día de la madre…
      Siempre pasa eso con los viajes, encontrás historias donde menos te lo esperás…como no sé, viendo noticias caracol en Bogotá.

  3. Aldana dice:

    Hola chicos!!
    Qué lindo que les haya pasado esto!! Estas son las mejores experiencias en los viajes, no hay con que darle!! Los amigos y las personas que nos cruzamos en el camino marcan los lugares y nuestras experiencias. Son esas charlas las que te quedan en la memoria, son esos momentos los que uno más atesora.
    Me acuerdo de las veces que nos tuvimos que despedir de las familias que nos alojaban por cuatro o cinco días y se me humedecen los ojos… qué lindo!! Que el camino se llene de estas experiencias mágicas!
    un beso grande!
    Aldana y Dino
    (desde Mozambique!)

    • Marcos dice:

      Chicos un gusto tenerlos por acá y desde Mozambique! 🙂 Saben que con Vero pensamos exactamente lo mismo, las despedidas son una de las peores partes de conocer gente en el camino…muchas veces nos costó seguir, y hubo algunas donde realmente evaluamos la opción de no irnos y quedarnos a vivir con quienes nos habíamos encariñado tanto. Es algo por lo que seguramente todo viajero pasa, una especie de despedida constante, porque hay que seguir y hay que moverse, y hay gente que se queda…
      Beso grande para ustedes también!

  4. Daniel dice:

    Hola, efectivamente Venezuela es dificil para mochileros y turistas en general. Soy venezolano, de Caracas, aquí en la capital por ejemplo,no existen hostels para mochileros como en otros países, hay que quedarse en hoteles, algunos de dudosa seguridad/higiene… pero ey, buscando bien se pueden conseguir.

    Aun cuando mi país es dificil (y no sólo para los viajeros), aquí hay cosas INCREIBLES, se come muy bien y hay buenas personas… como en todo pues..

    Incluso en Caracas hay un par de cosas que ver.
    En fin, si necesitan algunos tips sobre Venezuela, con gusto puedo guiarlos un poco en lo que sepa/pueda.

    Estoy registrado en couchsurfing con el nombre “ruidoblanco” (y tambien con ese nombre mi cuenta de twitter).

    saludos y buen viaje!

    pd: estuve en Bogotá hace 1 mes, por lo que veo hicimos recorridos similares en esa encantadora ciudad.

    • Marcos dice:

      Daniel, si ya pasamos por Venezuela y si bien fue algo complicado obtener datos y encontrar alojamiento barato, salimos airosos…
      Muchas gracias por el comentario! Estoy de acuerdo, Venezuela cuenta con lugares hermosos!!

  5. Bogota dice:

    aunque Bogota no sea de las ciudades de america del sur más bonitas creo que vale la pena una visita sobre todo de paso al resto de colombia

  6. Juan Manuel dice:

    El relato, por sobre todo la parte política digamos me recordó una película colombiana muy buena! “Los Colores de la Montaña”!

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