Historias de Mochima

“Mieux vaut ne penser à rien,
Que ne pas penser du tout.
Rien c’est déjà
Rien c’est déjà beaucoup.
On se souvient de rien
Et puisqu’on oublie tout.
Rien c’est bien mieux
Rien c’est bien mieux que tout.”

Serge Gainsbourg.

No, no es un error de tipeo, este post no se trata sobre historias de mochila (que son muchas). O mejor dicho, sí se trata de eso (¡¿sino de que otra cosa hablaríamos en este blog?!). Solo que en este caso son historias de mochila en Mochima, Parque Nacional de varias islas encalladas en el Caribe venezolano.

Con el carnaval ya en el pasado, llegamos a Mochima sin la menor idea de dónde ir y dónde alojarnos. Habíamos perdido (en realidad Vero había perdido, voy a depositar toda la responsabilidad en ella) nuestra guía de viajes, lo que por un lado nos desconcertaba (sobre todo por los mapas que contenía, que nos eran de gran utilidad) y por el otro nos liberaba. Andar sin guía de viajes a veces vuelve todo más improvisado, más divertido, y más auténtico. Si antes los planes cambiaban cada día, a partir de la falta de indicaciones en papel, ahora lo hacían a cada hora, a cada minuto. Nuestro viaje se había vuelto un remolino, y nosotros aprovechábamos para arrasar con todo y absorber lo máximo de cada experiencia.

Así anduvimos por Mochima largo rato hasta que un motoquero que nos cruzó por la calle nos encontró un lugar dónde quedarnos. Llegamos, tiramos las cosas, y salimos a conocer las playas, las cuales solo son accesibles vía marítima (en este caso vía “lanchas” comunitarias). Llegamos a una playa, una de las más cercanas, y nos sorprendimos del paisaje que nos rodeaba. Arena dorada, montes tupidos de vegetación y un agua extrañamente verde. No era nuestro ideal de Caribe, sobre todo porque el agua estaba bastante más fría que en Choroní, y el color verdoso no hacía que la imagen se parezca ni siquiera un poco a la típica postal caribeña. ¡Pero nos encantaba! Era tan distinto a lo que esperábamos que nos deslumbró…era algo especial, llamativo, diferente. Una grata sorpresa. Y las historias que conoceríamos allí iban a terminar de encandilarnos con Mochima.

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Historia 1

Llegando a la playa, encontramos a una parejita que habíamos visto en nuestra posada. Al instante me di cuenta que los dos eran argentinos. Vero por otro lado, se ve que no, y para no perder su costumbre, entre curiosa y chismosa quiso ir más a fondo en la indagación y les preguntó:

-¿Vos sos argentino no?- Dirigiéndose al chico.

-Sí- Le contestó. –De Rafaela.

– Ah, y tú eres venezolana– Le dijo a la chica.

-¿Eh? No, yo soy de Mendoza– contestó ella sorprendida por la suposición.

Vero se puso toda colorada intentando excusarse por dar por sentadas nacionalidades sin antes preguntar. Las metidas de pata siempre fueron su especialidad.

A pesar de ello, las metidas de pata de Vero muchas veces sirven para romper el hielo. Esa vez a partir de su comentario, nos sentamos a hablar y a contarnos cada uno de nuestras vidas. Yamila y Juan se habían casado hace poco más de una semana y estaban en su luna de miel. Hasta ahí, la historia era como la de cualquier otra pareja que se casaba y elegía el Caribe como destino para “sellar el amor”. Sin embargo, lo curioso era que mientras que a Venezuela habían viajado dos personas desde Argentina, a la vuelta serían tres. Volverían allí con Fidel.

Fidel era el sobrino de Juan, que hacía tiempo vivía con su mamá en Venezuela. Ahí se había mudado su hermana, fiel seguidora de Chávez. Deslumbrada por las bondades de la revolución bolivariana, tomó la compleja decisión de irse a vivir a tierras caraqueñas y sentir la transformación social roja desde adentro. Supongo que ahora entenderán de donde viene el nombre del pequeño Fidel.

Juan y Yamila estaban viviendo una luna de miel un tanto politizada, les gustaba mucho contarnos sobre las experiencias de su hermana/cuñada en este país, y los pros y contras del gobierno de turno. Y a nosotros nos encantaba escucharlos.

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Juan y Yamila.

Desde los cortes programados de agua, hasta la línea económica de electrodomésticos para equipar las casas, ellos intentaron mostrarnos lo bueno, lo malo y lo feo de la situación en el país, visto desde adentro pero también desde afuera.

Cuando les contamos que habíamos decidido no ir a Caracas por un tema de conveniencia y de seguridad, se apenaron por nuestra decisión. La verdad verdadera era que estábamos un poco cansados de las grandes ciudades luego de visitar tres en Colombia (Cali, Medellín y Bogotá). Entonces usábamos el tópico “seguridad” como simple excusa. Los venezolanos y no-venezolanos parecían estar de acuerdo cuando decíamos que habíamos escuchado que Caracas era insegura, así que tomamos el tema como estandarte excusador para no meternos nuevamente en una urbe.

Pasamos largo rato en la playa con ellos, hasta que volvimos todos juntos a la posada. Con Vero nos metimos en la pieza a descansar un rato, antes de cenar.

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El mar al atardecer, volviendo de la playa en la lancha.

Historia 2

Esa misma noche en la posada, se escuchaban unas risitas de lo que parecía ser una nenita con pocas ganas de irse a la cama. Salí para ver de quién se trataba y, efectivamente, frente a la puerta había una bola de rulos rubios que se reía, saltaba y jugaba. Me miró, le hice una sonrisa, y sin dudarlo se metió al cuarto a revisarnos todo. Al poco rato la voz de quién creía era la madre la llamaba.

Sophie, Sophie, ¿Oú es tu?– Se escuchaba desde las escaleras.

No entendí cuál era el reclamo de la supuesta madre, pero vi la reacción al llamado en la nena de unos dos añitos, le di la mano, la agarró con confianza, y juntos bajamos las escaleras. Ahí encontramos a su mamá: una chica joven, alta, europea y con todo el pelo transformado en rastas rubias. Miré a Sophie y entre el montón de rulos también divisé una.

La madre retó a Sophie en francés, y ella pareció entender a la perfección lo que le decía, pero no contestó nada. Atrás apareció el padre, petiso, moreno, latino, y también con rastas en lo que le quedaba de pelo. Le preguntó a Sophie en un español-venezolano dónde había estado, y ella solo señaló con el dedo las escaleras que llevaban a nuestro cuarto.

-La escuché riéndose por la cocina, abrí la puerta, y se metió al cuarto- me atreví a aclararle a los padres.

-Ah, es que ella es muy sociable, se piensa que el mundo es su casa– me contestó el padre.

Subimos los cuatro a la cocina, se nos unió Vero, y nos pusimos a hablar. Le contamos a los padres de Sophie nuestra historia, pero sin mucho detalle, ya que suponíamos que era más interesante escuchar la suya.

La pareja se había conocido hace ya varios años viajando. Él era malabarista y ella tocaba el acordeón. El amor nació no saben bien en que parte del camino, pero fue tan fuerte que él volvió a Europa a visitarla. El embarazo y el casamiento en Francia se dieron poco después, y juntos con un nuevo integrante en la familia, salieron a recorrer una vez más el mundo. Los dos, viajeros desde siempre, no se cansaban de conocer y conocer.

Sophie estaba aprendiendo a hablar en francés y español al mismo tiempo, y con solo dos años y unos meses ya había estado en más rincones del planeta que la mayoría de los mortales. A veces me venía a hablar para jugar, pero lo hacía en francés. Cómo se daba cuenta de que yo no le entendía nada, volvía a intentarlo en español.

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Se subía a todos lados, me mostraba su rasta entre sus pelos alborotados, se trepaba a los hombros de su papá sin ayuda de nadie, bailaba, cantaba y corría. Jugaba con la arena y con nosotros, pero todavía, como cualquier nene de su edad, le tenía miedo al agua. Cuando la ola se acercaba, ella se asustaba. Era una señorita de mundo descubriéndolo.

La independencia que tenía Sophie nos sorprendía. Había días en que se la pasaba todo el tiempo con nosotros y por sus papás ni preguntaba. Disfrutaba de estar sola y estar acompañada. O estar con papá, estar con mamá, o estar con los dos. O con ninguno. Pocas veces (muy pocas) la vimos llorar. Ella emanaba ese tipo de felicidad viral, que contagia hasta al más inmune de los amargados. Era imposible no sonreír a su lado.

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Intenten no sonreír!

Llegó el día en que nos tocó irnos, así que fuimos a saludar a Sophie y a sus papás, con las mochilas ya puestas.

-Sophie, los chicos ya se van, de mochileros, ¿Quieres ir con ellos?- le preguntó el papá

– contestó Sophie

-Bueno, apúrate, que ya se van, ve a buscar tus cosas- le dijo él.

Sophie salió corriendo para su cuarto y volvió sonriente con una mini-mochila en los hombros. Yo no podía creer lo que estaba viendo.

-¿No nos vas a saludar antes de irte?-le preguntó el padre

Ella se acercó a él que estaba sentado, se paró en una silla que estaba al lado y le dio un beso en la mejilla. Fue a buscar a su mamá que estaba en el cuarto, se le acercó e hizo lo mismo. Después de eso vino hacia mí y me agarró la mano tan fuerte y con tanta confianza como la primera vez. Juntos, Vero, Sophie y yo, los tres mochila al hombro, bajamos las escaleras con su papá atrás.

La dejamos con él, y le mentimos diciéndole que ya volvíamos. Ella pareció no preocuparse. Cada uno le dio un beso y nos saludó con su manito mientras nos alejábamos. No habíamos hecho ni una cuadra y ya la estábamos extrañando. Una vez más, ¡Cómo odio las despedidas!

¡Nous t’aimons beaucoup, Sophie! ¡Au revoir!

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“Mejor no pensar en nada,
Que no pensar en todo.
Nada ya es
Nada ya es mucho.
Uno no recuerda nada
Y por eso olvida todo.
Nada es mejor
Nada es mejor que todo.”

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6 Respuestas a “Historias de Mochima”

  1. Nair dice:

    Me encantó Sophie! Es hermosa! Se habrá quedado esperándolos a que volvieran?

  2. Veo que luego de los malos ratos cruzando la frontera a Venezuela, les empezó a ir mejor. Ciertamente (lei en el otro post), ir a la playa en fechas feriadas es una locura, jaja, pero sobrevivieron!

    Por cierto, ¿qué tal les pareció la comida venezolana?

  3. Marcos dice:

    jajaja…sí, fue mala idea caer en feriado a Choroní, pero contó como experiencia!
    Comida, Daniel, la verdad es que no sé si probamos tantas cosas para hablar de comida venezolana…pero todo lo que sí probamos nos gustó, como las arepas (muy distintas, y a mi gusto más ricas que las colombianas), la hallaca, que nos hacía acordar a los tamales que se venden en el norte de nuestro país…
    Lo que más nos gustó de toda la comida venezolana fue el Lebranche, que comimos en Morrocoy…El mejor pescado que probamos en nuestras vidas, cortado en rodajas, tirado en la plancha (sin necesidad de aceite!) y mojado en limón…Una delicia!!

  4. Lebranche! a la plancha o al ajillo.. wow, me dio hambre de pensar en él! es de mis pescados favoritos!

    Bueno, por lo visto disfrutaron de algunos buenos platos!

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  1. […] sobre el mar. Que todos sus artículos eran sobre el mar (lo cual podríamos constatar acá, acá y acá), y esto era porque amaba el mar, y además, lo extraña. Y yo puedo decir que mi leit motiv […]

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