La costa peruana (o ¡déjenme decir que no!).

Una vez que dejamos Huaraz atrás el siguiente destino nos esperaba: Trujillo. Luego de otro largo viaje en bus, llegamos a esta ciudad de la que sabíamos poco y nada. Estuvimos pensando camino al lugar si valía la pena ir a la ciudad o directamente a Huanchaco, pueblo costero a veinte kilómetros de Trujillo. Finalmente, concluimos que la ciudad tenía su encanto, y que es más fácil acceder desde ahí a los distintos complejos arqueológicos que hay en la zona, así que dijimos “Una noche, ¿Por qué no?”.

Cuando llegamos a Trujillo y vimos los precios y la ciudad por nosotros mismos, la cosa cambió. Apenas bajamos del bus, como para que no perdamos la costumbre, nos atacó un operador turístico. Sus primeras palabras, no las recuerdo exactamente, pero fueron algo como “no se queden en Trujillo”. Y lo siguiente fueron los motivos: Que “Huanchaco es más barato”, que “Trujillo es feo, Huanchaco es lindo y seguro”, y así. Seguidamente vino lo que esperábamos: su oferta y la razón de su insistencia para que fuésemos a Huanchaco. “Yo los llevo, son como 30 kilómetros desde acá, y conmigo van más seguros porque soy taxista oficial, aparte conozco un lugar allá -¡Qué casualidad!- a 20 soles por persona, los llevo directamente ahí y se quedan. ¿De dónde son?”.

“Al fin paró de hablar”-pensé yo. “De Argentina”-Contestamos.

“Ahhh ¡Argentina!”-Dijo. Fue la expresión de admiración por una nacionalidad más falsa que jamás le escuché a alguien. “Bueno, 20 soles vale el viaje, si se animan”

“Ok, dejanos ver y te decimos”- Contesté, aunque al señor pareció no importarle, porque ni se movió del lugar donde estábamos, ni nos sacó los ojos de encima. Cuando se dio cuenta de que nosotros nos empezamos a correr para poder hablar a solas, ahí soltó un desafiante “Miren que estoy acá eh…”.

La decisión estaba tomada, iríamos a Huanchaco. ¿Cómo? Preguntando en la agencia nos enteramos que enfrente pasaban buses todo el tiempo a Huanchaco por 1,70 soles, así que ese iba a ser nuestro medio de transporte a la playa peruana.

Nos acercamos al hombre y le dijimos que gracias pero que no necesitábamos sus servicios, que nos iríamos en el colectivo que pasaba enfrente.

Mirándonos un poco irritado nos dijo “¿De dónde son ustedes?”

“¿Otra vez?”-pensamos

“De Argentina”-contestó Vero.

“Ah, con razón”-espetó el señor.

Esto es un solo ejemplo de lo que pasa todo el tiempo en Perú. Uno puede recibir cualquier cantidad de ofertas y es tratado como rey mientras le explican lo que le están ofreciendo. Pero parece ser que la opción de decir “no, gracias” no existe, que todo turista está indefectiblemente obligado a aceptar cualquier cosa que le vengan a vender u ofrecer, por más ridícula (tatuajes en la peatonal de Lima), innecesaria (taxis por dos cuadras) o cara que sea. Y cuando uno prefiere decir que no, la respuesta casi siempre es hostil.

Plaza de Armas de Trujillo

Plaza de Armas de Trujillo

Llegamos a Huanchaco a eso de las 7.30 de la mañana, y estábamos realmente cansados, sin dormir (las curvas en el bus de Huaraz-Trujillo nos complicaron el sueño). Dimos mil vueltas buscando un hostel que nos guste, pero no tuvimos mucha suerte. Saliendo de uno que nos había parecido algo caro, se nos acerca una pareja de peruanos. Acá vamos de nuevo, pensé yo. ¿Qué nos van a ofrecer ahora?.

“Chicos, ¿están buscando lugar?”-Preguntaron

“Sí”- Respondimos tímidamente, esperando que nos secuestren para ofrecernos algún lugar, querer arrastrarnos hasta allí y cobrarnos por la “gauchada”.

“Pero, ¿Qué buscan? ¿Algo barato?”

“Sí, y que tenga cocina”

“Miren, acá cerca hay un lugar que me encanta, siempre me quedo ahí”-Dijo la mujer. Cuando empezó a hacer apreciaciones muy personales sobre la “onda” del lugar, y decir solo lo que a ella le parecía, nos dimos cuenta de que no quería vendernos nada, y respiramos aliviados. ¡Era ayuda por el solo hecho de ayudar! ¡Increíble!. A partir de ahí encontramos mucha gente amable en Huanchaco, y fue una de las mejores cosas del lugar: su gente.

La pareja nos llevó al hostel del que nos hablaron, pero estaba lleno. El dueño de ese lugar nos recomendó otro y fuimos ahí.

La pareja nos despidió diciéndonos que pasemos a saludarlos mas tarde, que trabajaban en una feria frente al mar. Por una razón u otra nunca más los volvimos a ver.

El hostel y su dueño nos convencieron de inmediato en quedarnos ahí. En Huanchaco pasamos días de playa, salvo uno que usamos para conocer Trujillo, que por cierto no nos disgustó para nada. Ahí aprovechamos para sacar pasaje para Máncora, ya más cerca de Ecuador.

Como era nuestra primera playa del pacífico, estábamos ansiosos por ver el atardecer sobre el mar. El primer día que estuvimos el cielo se nubló a la tarde, y el segundo volvimos de noche desde Trujillo, así que no tuvimos suerte. El día siguiente, un domingo, el lugar se llenó de turistas locales, y el pueblo parecía más vivo. Durante esa tarde, a eso de las seis y media, pudimos finalmente verlo. Un sol redondo, prendido fuego, que iluminaba el cielo en todas las tonalidades de rojo imaginables, se estaba escondiendo frente a nosotros, detrás del mar.

Playa Huanchaco

Playa en el centro

El Atardecer

El sol rojo cayendo

Al otro día, salimos para Máncora. Llegamos allá a eso de las cinco de la mañana. Hordas de mototaxis (como los tuk tuks asiáticos) nos atacaron para llevarnos, por un sol, al hostel que quisiéramos. Yo solo tenía anotado uno, y lo tenía mal. Hostel Huancayo, recomendado por nuestros amigos uruguayos, resultó ser Guacamayo. Llegamos y nos encantó. Rústico pero lindo. Dormimos cubiertos por una mosquitera (cosa que nunca habíamos hecho, incluso como estaba colgada encima de la cama pensábamos que era decorativa). A eso de las once de la mañana, el dulce cantar de una nena en la radio al mejor estilo “Wendy Sulca” nos despertó.

Las playas y el clima de Máncora eran similares al de Huanchaco. Se podría decir que las únicas diferencias que encontramos son los pájaros que hay en Máncora en el mar, la suba de los precios, y la noche más activa en el centro.

Pájaros y olas en máncoraVista desde el centroLa Playa de Máncora

La costa peruana no nos enamoró como pensábamos, pero nos dio esos atardeceres que vuelven cuando uno busca en su mente momentos y sinónimos de hermosura.

De Máncora, nos proponíamos a cambiar de país. Ecuador estaba a la vuelta de la esquina y nos estaba esperando.

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4 Respuestas a “La costa peruana (o ¡déjenme decir que no!).”

  1. susy dice:

    podrias decirme en que hostel de huanchaco( peru) se quedaron y el del que no encontraron lugar? es playa de agua calida? .gracias. Susy miyagi

    • Marcos dice:

      Susy del que no encontramos lugar no me acuerdo, y el otro no tenía nombre (o nunca nos lo dijeron). Pero hay muchos lugares por ahí, por eso no te preocupes 🙂
      El agua del pacífico a esa altura no es cálida!
      Saludos.

  2. Si vienes por Piura, busca : Hospedaje los Cocos Inn . También para mochileros. Tiene cocina equipada, wi fi, dala de juegos. Precios comodos.
    La direccion es Calle José Olaya 197 Urb. Miraflores – Castilla, Piura.

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