Machu Picchu Día III: Un desmayo y noche en vela (o el susto más grande de mi vida).

El tercer día suponíamos iba a ser más tranquilo. Nos levantamos temprano como siempre, después de una noche lluviosa, para seguir camino. A medida que dejábamos de lado la gran altura y nos ubicábamos en el medio de dos montañas, en el orden de los 2.000 metros de altura, el paisaje se transformaba. Nubes a nuestro alrededor, selva húmeda, flores de miles de colores, puentecitos de madera mojada, árboles y cantos de pájaros nos acompañaron durante todo el camino. Los picos de las montañas a lo lejos, rasgaban las nubes y no se resignaban a ser ocultados por la densa neblina. Cada tanto perdían la batalla y desaparecían del paisaje, pero apenas la lluvia amainaba, volvían a surgir, como centinelas de un mundo nuboso que me hacía difícil la tarea de separar la realidad de lo ficticio.

¿Ven de lo que les hablo?

Uno de los puentes que decoraban el camino.

Finalmente llegamos a un punto donde el camino se dividía en dos: para la izquierda había un desvío hacia un sector de ruinas Incas con vistas al valle y al cerro de Machu Picchu. A la derecha, un acceso directo al campamento donde pasaríamos nuestro última noche de esta aventura.

Vero decidió tomar el atajo, el cansancio y un malestar general que se había agravado durante las últimas horas la hacían pensar solamente en dormir. Por mi parte tomé el desvío, llegando a una zona donde los restos arqueológicos contaban con una vista impresionante a un verde valle atravesado por un río (el Vilcanota), flanqueado por montañas tupidas de selva y nubes viajeras que lo atravesaban de tanto en tanto. Las llamas y vicuñas que pastaban entre rocas pulidas por los más grandiosos arquitectos que el continente jamás conoció, me miraban con recelo y desconfianza. Por mi parte, yo lo hacía con admiración y deslumbramiento por una época e historia de las que me hubiese gustado formar parte. Seguramente si así hubiese sido esos animales me mirarían de otra forma (no sé, supongo). La conexión y el respeto de los Incas con y por la naturaleza eran algo que el viejo continente nunca conoció ni aplicó (y si no lo hizo en sus tierras, menos lo haría en las ajenas).

Vistas impresionantes de las ruinas

Y la vista desde Intipata, la última construcción Inca que veríamos antes de Machu Picchu.

Las llamas tienen vista al valle, unas privilegiadas.

Volví al campamento, y Vero continuaba con malestar. Le dije que fuese a acostarse y que la despertaría cuando nos llamen para cenar. Así hizo, pero cuando llegó el momento de comer, todavía se sentía mal. Como no se había alimentado desde el desayuno, le insistí para que me acompañe a comer. Accedió, salimos de la carpa, y caminamos unos cinco minutos por la oscuridad hasta llegar al comedor. Entramos pero Vero se sentía tan mal que no pudo probar bocado. Así que se levantó de la mesa y fue a tomar aire. La seguí para ver como se sentía y la encontré sentada en una roca, mirando el piso. “No estoy bien, necesito ir al baño” – me dijo. La acompañé, esperé un rato, salió, y la iluminé con la linterna para preguntarle como se sentía, pero al ver su cara me di cuenta que no era necesario. Blanca, casi transparente, y con los ojos a medio abrir, me miró y pidió que la acompañase a la carpa. Se sentía tan mal que le costaba caminar, y el campamento no estaba tan cerca. A mitad de camino me dijo que necesitaba parar, y descansamos un rato. Me di cuenta que necesitaba acostarse urgente, así que después de unos minutos seguimos camino, yo llevándola del brazo.

Ya a unos pocos metros de nuestra carpa, en una zona del camino donde todo era oscuridad, el cuerpo de Vero le dijo basta. “No puedo”- Alcanzó a decirme, cerró los ojos y se desplomó sobre mí. Se había desmayado. Y estábamos en el medio de la nada, en plena oscuridad. Sentí que el mundo se detuvo y todo mi cuerpo se erizó. Entré en pánico por lo que habrán sido dos segundos, y luego la apoyé sobre el piso. Le toqué el cuello para ver si tenía pulso. Respiré porque vi que respiraba. Intenté que despertara gritándole, hablándole despacio, susurrándole al oído. Nada, no respondía. Así que comencé a gritar “¡AYUDA!, ¡AYUDA!”. Nunca había gritado tan fuerte, tan enérgica y desesperadamente, como lo hice esa vez. Varías veces grité, pero nadie respondía. Mientras tanto intentaba despertar a Vero, pero era inútil, estaba profundamente “dormida”. Continué gritando, cada vez más fuerte, hasta que alguien me escuchó. “¿Dónde estás?” me preguntaron a lo lejos. “Acá” respondí. Claro, no fui muy específico en cuanto la ubicación, pero no sabía como indicar donde estaba. Entonces se me ocurrió seguir gritando, y apagar y encender la linterna repetidas veces, para que me ubiquen. Después de un rato, nos encontraron un guía de otro grupo y su ayudante, botiquín en mano. Les expliqué la situación y agarraron un tubo de oxígeno y se lo conectaron a Vero por la nariz. Contaban sus pulsaciones mientras aumentaban el oxígeno que le suministraban. Yo la miraba y cada tanto la llamaba. Finalmente, después de varios minutos (¿necesito aclarar que para mí fueron horas?), Vero abrió los ojos.

La miré, me miró, y el corazón me empezó a latir otra vez. Le pregunté como estaba, y no pudo siquiera responderme. La dejaron un momento acostada, con las piernas hacia arriba, pero cada vez hacía más frío, y era necesario mantenerla abrigada. Así que una de las chicas francesas que justo había aparecido me trajo mi bolsa de dormir de la carpa, la cubrí con ella y junto con el guía la tomamos cada uno de un brazo, hasta llegar a la carpa. Acosté a vero sobre la colchoneta, dentro de la bolsa, y se quedó dormida.

Más tarde llegaron los guías de nuestro grupo para ver como estaba la situación. Les dije que no muy bien, que necesitábamos ver a un médico. Me respondieron que no había médicos ni enfermeros en el lugar. “Un campamento de 500 personas ¿y ni siquiera un médico o un centro de atención? ¿Cómo es posible?”. La respuesta fue el silencio. Al otro día debíamos levantarnos 3.30 a.m. y yo dudaba que Vero se mejorara para esa hora. Los guías se fueron y me quedé yo cuidándola. Luego de una hora de sueño se despertó con ganas de vomitar, y a dos minutos de habérmelo dicho, lo hizo: dentro de la carpa. Sacrifiqué mi toalla para limpiar el lugar y la tiré afuera, dónde llovía torrencialmente. Ubiqué a Vero en la única zona de la carpa que estaba seca, la puse en su bolsa de dormir, y la cubrí con mi campera y mi propia bolsa, las únicas dos cosas que tenía secas luego de casi tres días de lluvia. Me senté a su lado con la linterna encendida mirándola dormir y esperando a que pase la noche. Así estuve no sé cuantas horas, hasta que bajo la lluvia alguien se acercó a golpearnos la carpa para ir a desayunar.

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Una respuesta a “Machu Picchu Día III: Un desmayo y noche en vela (o el susto más grande de mi vida).”

  1. erick romero dice:

    QUE EMOCIONANTE TU VIAJE. QUE LINDA EXPERIENCIA NOS COMPARTES. SALUDOS DESDE EL AMAZONAS PERUANO.

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