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Nicaragua país, Nicaragua onírico

El día que pisé Nicaragua, Centroamérica tomó forma. Nada había sabido de este país, y nada había intentado saber. Nicaragua hace dos años era para mí sinónimo de Honduras, El Salvador y Guatemala. Todo un conjunto de países cercanos, con banderas muy parecidas.

Me encontré con el más ignorante y escéptico de mis yo, y lo mandé a nadar. Lo dejé por ahí, y me puse a recorrer Nicaragua. Es increíble lo que cambiamos, como fluimos, como nos transformamos frente a las experiencias, al nuevo conocimiento y ante un viaje.

Aquel que no conocía nada de Nicaragua quedó allá, justito en la frontera con Costa Rica, y no iba a volver jamás. Fue reemplazado por otro yo, más consciente, sensato y abierto a lo que un país frente a sus ojos tenía para ofrecer.

Panamá: primera impresión de Centroamérica

panama

Que se dice, se dice. Pero yo nunca lo creí así. Centroamérica me había parecido, en cada una de las ocasiones en las que había oído hablar de ella, bien similar al sur del continente. Al menos a las zonas no tan al sur.

Llegando a Panamá, después de cruces interminables, dos días arriba de una lancha, y unos cuántos dólares menos en el bolsillo, lo que me había parecido en su momento se veía ahora como el recuerdo de otra persona, algo que era totalmente imposible que haya surgido de mi mente.

Panamá puede llegar a ser una buena carta de presentación de Centroamérica. Una ciudad cosmopolita, un caribe que es más que cualquier postal, edificios imponentes, culturas aborígenes orgullosas. Pero descubriría rápidamente que cada país tiene su razón de ser, y Panamá puede presentar a Panamá, y nada más.

Sueños de Mar

Hay algo que le debo eternamente a Venezuela, y eso es mi renovado amor por el mar. Habíamos dicho que en este país había sucedido nuestro primer encuentro con el Caribe, algo que estábamos esperando desde que nos calzamos la mochila por primera vez.

Y hay algo que le tengo que reprochar a Venezuela, y eso es mi nueva adicción al mar. Llegó un momento en el que no quería ir a ningún destino que no sea costero. Y así es que de Choroní, pasamos a Mochima, y de allí fuimos a Playa Colorada, a La Isla Margarita, y al Parque Nacional Morrocoy.

Historias de Mochima

“Mieux vaut ne penser à rien,
Que ne pas penser du tout.
Rien c’est déjà
Rien c’est déjà beaucoup.
On se souvient de rien
Et puisqu’on oublie tout.
Rien c’est bien mieux
Rien c’est bien mieux que tout.”

Serge Gainsbourg.

No, no es un error de tipeo, este post no se trata sobre historias de mochila (que son muchas). O mejor dicho, sí se trata de eso (¡¿sino de que otra cosa hablaríamos en este blog?!). Solo que en este caso son historias de mochila en Mochima, Parque Nacional de varias islas encalladas en el Caribe venezolano.

Con el carnaval ya en el pasado, llegamos a Mochima sin la menor idea de dónde ir y dónde alojarnos. Habíamos perdido (en realidad Vero había perdido, voy a depositar toda la responsabilidad en ella) nuestra guía de viajes, lo que por un lado nos desconcertaba (sobre todo por los mapas que contenía, que nos eran de gran utilidad) y por el otro nos liberaba. Andar sin guía de viajes a veces vuelve todo más improvisado, más divertido, y más auténtico. Si antes los planes cambiaban cada día, a partir de la falta de indicaciones en papel, ahora lo hacían a cada hora, a cada minuto. Nuestro viaje se había vuelto un remolino, y nosotros aprovechábamos para arrasar con todo y absorber lo máximo de cada experiencia.

Empacho de Caribe

“Modelo uno rotate, modelo dos rotate, modelo tres rotate, luceté, ahora eee…”- Daddy Yankee

“Por ti me he vuelto un poeta, hago rimas en mi vieja libreta, miro al cielo esperando un cometa”- Chino y Nacho

“Calienta y pega ma, pega, ma , pega ma, calienta y pega ma” – Wisin y Yandel

Situación: llegada a Maracay tempranísimo, subida a los golpes para tomar un bus a Choroní en el auge del carnaval, un promedio de dos borrachos cada tres pasajeros arriba del transporte, nuestras mochilas en el pasillo porque no había maletero y música de algunos de los autores contemporáneos que acabo de citar más arriba a todo volúmen.

Si bien sospechábamos que a los venezolanos les gustaba el reggaetón, en ese viaje a Choroní no solo confirmamos nuestra sospecha, sino que le agregamos un adjetivo a la afirmación: a los venezolanos les gusta el reggaetón FUERTE. Bien fuerte.

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