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Relatos en cuarta persona

A eso de las doce del mediodía, a él se le había ocurrido la brillante idea de salir a comprar hielo para preparar un licuado de maracuyá. Era ciertamente una gran idea. Los 35 grados centígrados y el sol que tanto amaba oprimían los pasos, los segundos y los minutos. No tanto las horas, que se volvían más soportables a medida que la aguja más chica del reloj cambiaba de número.

En las  calles de la ciudad, poca gente se animaba a enfrentar en desnuda batalla al rayo del sol. Paraguas, trapos encima de la cabeza, cambios repentinos de vereda en beneficio de la sombra…todo valía.

Él, tal vez intentando amigarse con la naturaleza, o tal vez queriendo llegar lo más rápido posible para que el hielo no se derrita, corría con la bolsa por el medio de la calle. Las gotas caían igual, y era posible ver como se evaporaban en el instante que tocaban el asfalto adoquinado. Sólido, líquido y gaseoso, todo en cuestión de segundos.

El calor emanaba del piso, de las paredes y de los cuerpos. De los perros echados en portales y de los hombres sentados en cuero en sillas de plástico. Él solo podía pensar en ir al hostel, ponerse bajo el ventilador (o abanico, como le dicen por ahí) y recuperar fuerzas.

Ni las prostitutas tenían ganas de pavonearse por ahí frente a los turistas que paseaban. No, hacía demasiado calor para eso.

Coro, en Sol Mayor

Salimos de Chichiriviche sabiendo que estábamos en la recta final de nuestro recorrido por Venezuela. Solo haríamos una parada más, y luego, nuevamente a Colombia (país que, aún hoy, todavía extrañamos).

El camino fue fácil, corto y tranquilo. Todo un lujo. Llegamos a Coro con gusto a sal y recuerdos de lebranche. Mi cámara de fotos dijo basta la enésima vez que la mojé yendo a uno de los cayos del Parque Nacional Morrocoy, y yo ya no tenía ni tiempo ni bolívares para arreglarla (por eso intentaremos suplantar la calidad por la cantidad en este post, con varias fotos sacadas con el celular –sepan disculpar-). Tendría que esperar a nuestro regreso al país vecino.

Las mil y una iglesias en Cuenca

Camino a la ciudad en el bus, venía anotando lugares donde quedarnos, ya que llegaríamos a Cuenca de noche, y andar por ahí con las mochilas en la oscuridad de una ciudad que no conocía, sinceramente no me emocionaba mucho. Como me estoy dando cuenta que sucede siempre en estos viajes, las situaciones cambian constantemente, así que toda mi búsqueda de hospedaje, fue, como decirlo, una pérdida de tiempo.

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