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Playa Blanca, un diálogo, ustedes y yo

Atardecer Playa Blanca

Nunca supe cómo empezar esto. Nunca supe cómo empezar a hablar de esto. De Cartagena, de Barú, de Playa Blanca…de todo, digamos. Veo mis anotaciones de cuando estuve por allá, y hay fechas, comentarios tachados o escritos encima, precios, números de teléfono, un asterisco del asterisco del asterisco. Así fue, y así sigue siendo. Un enjambre de avispas letradas que brota del papel y construye un panal en el hemisferio izquierdo de mí cerebro. Y ahí las tengo, zumbando. A ver que sale.

Y algo que rescaté de ahí fue un diálogo. Uno gracioso. Uno extraño. Voy a dejar que este post sea 90% diálogo, 5% yo y 5% ustedes. Sí, hoy necesito feedback, que me ayuden a dilucidar qué pasó en ese diálogo. Porque Barú, Playa Blanca y Cartagena fueron así. Revoltosas, desprolijas, incoherentes. Y así siguen siendo. Y así va a ser esto, ¡quedan avisados!

La revelación de Tayrona

Tayrona

Gritos, autos, motos, puestos, comida, color, olor, humos, ruidos, saludos, bailes, música, pobreza, gritos, autos, mendigos, caos: ciudad. Ciudad colombiana. Ciudad colombiana costeña. Santa Marta.

-¿A qué vinimos acá, Vero?

-No sé, en algún lado teníamos que parar, para ir a Tayrona.

-¿Y Taganga?

-Vamos después, cuando nos contesten de Couchsurfing.

Salir de la mismísima nada de Cabo de la Vela, al mismísimo todo de Santa Marta se siente cómo un golpe duro en la cabeza. De esos que te borran algunas ideas. Que te dejan medio tonto. Tanto como para hacerte olvidar por qué se te había ocurrido ir ahí en primer lugar.

Coro, en Sol Mayor

Salimos de Chichiriviche sabiendo que estábamos en la recta final de nuestro recorrido por Venezuela. Solo haríamos una parada más, y luego, nuevamente a Colombia (país que, aún hoy, todavía extrañamos).

El camino fue fácil, corto y tranquilo. Todo un lujo. Llegamos a Coro con gusto a sal y recuerdos de lebranche. Mi cámara de fotos dijo basta la enésima vez que la mojé yendo a uno de los cayos del Parque Nacional Morrocoy, y yo ya no tenía ni tiempo ni bolívares para arreglarla (por eso intentaremos suplantar la calidad por la cantidad en este post, con varias fotos sacadas con el celular –sepan disculpar-). Tendría que esperar a nuestro regreso al país vecino.

Historias de Mochima

“Mieux vaut ne penser à rien,
Que ne pas penser du tout.
Rien c’est déjà
Rien c’est déjà beaucoup.
On se souvient de rien
Et puisqu’on oublie tout.
Rien c’est bien mieux
Rien c’est bien mieux que tout.”

Serge Gainsbourg.

No, no es un error de tipeo, este post no se trata sobre historias de mochila (que son muchas). O mejor dicho, sí se trata de eso (¡¿sino de que otra cosa hablaríamos en este blog?!). Solo que en este caso son historias de mochila en Mochima, Parque Nacional de varias islas encalladas en el Caribe venezolano.

Con el carnaval ya en el pasado, llegamos a Mochima sin la menor idea de dónde ir y dónde alojarnos. Habíamos perdido (en realidad Vero había perdido, voy a depositar toda la responsabilidad en ella) nuestra guía de viajes, lo que por un lado nos desconcertaba (sobre todo por los mapas que contenía, que nos eran de gran utilidad) y por el otro nos liberaba. Andar sin guía de viajes a veces vuelve todo más improvisado, más divertido, y más auténtico. Si antes los planes cambiaban cada día, a partir de la falta de indicaciones en papel, ahora lo hacían a cada hora, a cada minuto. Nuestro viaje se había vuelto un remolino, y nosotros aprovechábamos para arrasar con todo y absorber lo máximo de cada experiencia.

Empacho de Caribe

“Modelo uno rotate, modelo dos rotate, modelo tres rotate, luceté, ahora eee…”- Daddy Yankee

“Por ti me he vuelto un poeta, hago rimas en mi vieja libreta, miro al cielo esperando un cometa”- Chino y Nacho

“Calienta y pega ma, pega, ma , pega ma, calienta y pega ma” – Wisin y Yandel

Situación: llegada a Maracay tempranísimo, subida a los golpes para tomar un bus a Choroní en el auge del carnaval, un promedio de dos borrachos cada tres pasajeros arriba del transporte, nuestras mochilas en el pasillo porque no había maletero y música de algunos de los autores contemporáneos que acabo de citar más arriba a todo volúmen.

Si bien sospechábamos que a los venezolanos les gustaba el reggaetón, en ese viaje a Choroní no solo confirmamos nuestra sospecha, sino que le agregamos un adjetivo a la afirmación: a los venezolanos les gusta el reggaetón FUERTE. Bien fuerte.

Cuando Mérida se viste de carnaval

Hay noches que son realmente oscuras. Como esas noches sin luna donde poco se ve, esas noches donde el aire parece opaco, esas noches donde la frase “boca de lobo” revolotea en ese aire, o se queda en la punta de la lengua. Una noche de esas nosotros llegamos a la terminal de Mérida.  Eso es más de lo que puedo decir sobre nuestra ubicación, porque de lo que estaba fuera de esa terminal, yo desconocía absolutamente todo. No sabía si estábamos lejos o cerca de la casa de nuestro host de couchsurfing, y no teníamos teléfono para llamarlo.

La terminal de hecho se encontraba cerrada, habíamos llegado tan tarde de nuestro viaje de terror, que el “simpático” conductor del bus nos depositó en la puerta, bajó los equipajes, y se fue campante. Los venezolanos que viajaban con nosotros (lo que equivale a todos los pasajeros, ya que el recuento de extranjeros, exceptuándonos, era igual a cero) se apresuraron a tomar los taxis que estaban esperando. Sin tener muy en claro qué hacer, esperamos que aparezca alguien que nos quiera prestar un teléfono para pedir ayuda o un taxi. O El Chapulín Colorado, quién sabe, en una de esas…

Muestra gratis de política venezolana (prueba superada)

Hacía ya un rato largo que estábamos arriba del taxi que nos salvó de la mafia de la frontera en Cúcuta, y estábamos solos, así que el viaje empezó a ponerse aburrido. Intenté cruzar algunas palabras con el señor taxista, pero hablaba tan rápido, y el motor hacía tanto ruido, que no lo entendía nada.

Desistiendo de la posibilidad de entablar cualquier tipo de conversación, me dediqué a mirar por la ventana los siguientes largos minutos, hasta que el taxista se dio cuenta de mi hastío, y me acercó un diario que tenía en el asiento del acompañante diciéndome: “¿Quieres leer algo? Toma”.

El diario en cuestión tenía, como de alguna forma lo esperaba, a Chávez en primera plana. Venezuela según este diario, y por las primeras páginas y titulares que leí, era casi un cuento de hadas. Todo estaba bien, la gente tenía cada vez mejor nivel de vida y las cosas andaban cada vez mejor. Debo admitir que no recuerdo el nombre del diario, y tal vez estoy haciendo como aquel que tira la piedra y esconde la mano, pero la intención no es criticar al diario (¿Quién soy yo para criticar un diario después de leerlo por arriba y que habla sobre un país que apenas conozco?) sino que esta explicación sirve para relatar lo que sucedió a continuación:

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