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La revelación de Tayrona

Tayrona

Gritos, autos, motos, puestos, comida, color, olor, humos, ruidos, saludos, bailes, música, pobreza, gritos, autos, mendigos, caos: ciudad. Ciudad colombiana. Ciudad colombiana costeña. Santa Marta.

-¿A qué vinimos acá, Vero?

-No sé, en algún lado teníamos que parar, para ir a Tayrona.

-¿Y Taganga?

-Vamos después, cuando nos contesten de Couchsurfing.

Salir de la mismísima nada de Cabo de la Vela, al mismísimo todo de Santa Marta se siente cómo un golpe duro en la cabeza. De esos que te borran algunas ideas. Que te dejan medio tonto. Tanto como para hacerte olvidar por qué se te había ocurrido ir ahí en primer lugar.

Sueños de Mar

Hay algo que le debo eternamente a Venezuela, y eso es mi renovado amor por el mar. Habíamos dicho que en este país había sucedido nuestro primer encuentro con el Caribe, algo que estábamos esperando desde que nos calzamos la mochila por primera vez.

Y hay algo que le tengo que reprochar a Venezuela, y eso es mi nueva adicción al mar. Llegó un momento en el que no quería ir a ningún destino que no sea costero. Y así es que de Choroní, pasamos a Mochima, y de allí fuimos a Playa Colorada, a La Isla Margarita, y al Parque Nacional Morrocoy.

Historias de Mochima

“Mieux vaut ne penser à rien,
Que ne pas penser du tout.
Rien c’est déjà
Rien c’est déjà beaucoup.
On se souvient de rien
Et puisqu’on oublie tout.
Rien c’est bien mieux
Rien c’est bien mieux que tout.”

Serge Gainsbourg.

No, no es un error de tipeo, este post no se trata sobre historias de mochila (que son muchas). O mejor dicho, sí se trata de eso (¡¿sino de que otra cosa hablaríamos en este blog?!). Solo que en este caso son historias de mochila en Mochima, Parque Nacional de varias islas encalladas en el Caribe venezolano.

Con el carnaval ya en el pasado, llegamos a Mochima sin la menor idea de dónde ir y dónde alojarnos. Habíamos perdido (en realidad Vero había perdido, voy a depositar toda la responsabilidad en ella) nuestra guía de viajes, lo que por un lado nos desconcertaba (sobre todo por los mapas que contenía, que nos eran de gran utilidad) y por el otro nos liberaba. Andar sin guía de viajes a veces vuelve todo más improvisado, más divertido, y más auténtico. Si antes los planes cambiaban cada día, a partir de la falta de indicaciones en papel, ahora lo hacían a cada hora, a cada minuto. Nuestro viaje se había vuelto un remolino, y nosotros aprovechábamos para arrasar con todo y absorber lo máximo de cada experiencia.

Descubriendo San Agustín

La ruta Popayán-Pitalito es una clara muestra del desastre que pueden llegar a ser las carreteras colombianas. Al menos las cuatro primeras horas de trayecto son a través de caminos de barro (“destapada” llaman en Colombia a la ruta no pavimentada), derrumbes y curvas. Además dentro de la buseta (los buses más grandes no pueden hacer este viaje) en la que viajábamos para San Agustín, todo era caos. Gente apilada sobre bolsos sobre gente. El pasillo atestado de cajas y de personas que se mecían al ritmo de las curvas que la buseta agarraba. Y para completar el escenario, los más chiquitos, al no soportar tanto movimiento, vomitaban sin descanso.

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