Villa de Leyva y nuestra primera despedida de Colombia

Llegar cansados y de noche a un nuevo lugar es, a veces, bastante contraproducente. Después de dejar Bogotá, encaramos para Villa de Leyva, un pueblito muy muy turístico, pero a pesar de ello también muy bonito.

Como les decía, llegamos de noche y cansados. Como siempre hacemos cada vez que arribamos a una nueva locación, nos pusimos a buscar hospedaje. El peso de las mochilas nos estaba matando, así que yo me quedé en la puerta de una casa cuidando los bultos y la mandé a vero a que encuentre un lugar para pasar la noche (todo un caballero).

Nos quedamos en un lugar bastante feo y descuidado pero el cansancio era tal que mucho no nos importó. Sin embargo, las aseveraciones del dueño que pregonaba wifi y cocina equipada en su hostal resultaron ser viles mentiras, así que después de salir a comer y descansar decidimos que al otro día nos iríamos de allí.

No tuvimos que recorrer mucho para encontrar otro lugar mejor, de hecho, estaba al lado de donde nos estábamos quedando. La onda del lugar era otra, mucho más amena, de esas buenas vibras que uno siente en el ambiente. Ahí conocimos a Carlos, un colombiano que se conocía el continente entero y estaba haciendo una breve parada en Leyva para volver a salir a la ruta, en su flamante bicicleta totalmente acondicionada y puesta a punto por el mismo. Mientras tanto llevaba una radio (Radio Mandinga, que se puede escuchar acá) con música latinoamericana (mestiza le gustaba decir a él) y practicaba y promovía la permacultura. Amante del mate, decidimos regalarle dos paquetes de yerba que habíamos comprado en Bolivia y nunca llegamos a usar.

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Turísticamente hablando, Villa de Leyva tiene muchas cosas para hacer. El lugar es famoso por las tomas de hongos alucinógenos que se pueden realizar allí, así como también por sus bellos alrededores (para el público femenino seguramente será interesante saber que allí se filmó la novela “Pasión de Gavilanes”).

Nuestra primera intención era recorrer las zonas aledañas en bici, pero los precios monopólicos que se manejaban allí (solo una agencia las alquilaba) nos hizo cambiar de opinión. Por eso decidimos usar los pies e irnos caminando a conocer.

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Anduvimos como media hora al costado de la ruta para llegar a los pozos azules, unas bellas lagunas repartidas por el pasaje que intentaban imitar el color del cielo con bastante éxito. Como pasaba el tiempo, y seguíamos caminando, y no parecía que estuviésemos ni cerca a llegar a los pozos, decidimos preguntar a alguien dónde estábamos y cuanto nos faltaría para alcanzar los pozos. El tema era a quién preguntarle, porque en la ruta no había nadie.

Caminamos unos metros más y nos encontramos una señora de unos sesenta años, cortando el pasto del frente de su rancho a machete limpio y con un perro que apenas nos vio vino corriendo directamente a nosotros, en lo que yo pensaba sería un ataque canino directo a los tobillos, pero el pichicho solo tenía intención de saludar (¿hasta los perros son amables en este país? no puedo creerlo). Me le acerqué a la señora, quién se sacó su sombrero, se secó el sudor de la frente y me saludó con una sonrisa.

Le conté que queríamos ir a los pozos azules y ella feliz de darnos una mano nos llevó a un sendero que pasaba por su casa y nos indicó que sigamos por ahí. Así que pasamos a su rancho, comenzamos a caminar y la señora nos acompañó unos cuantos metros para que no nos perdiéramos. Le agradecimos mil veces y continuamos por el camino señalado. El perro nos siguió unos metros más, pero se volvió con su dueña al ver que se estaba alejando mucho.

Llegamos a los benditos pozos después de unos quince minutos de caminata y con un calor insoportable. Más allá de que no habíamos llevado ropa para meternos al agua, estábamos dispuestos a hacerlo de todas formas. Como un balde de agua fría que no nos sacó el calor para nada, nos enteramos que el lugar estaba privatizado, que había que pagar entrada, y que bañarse en los pozos estaba prohibido.

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Un tanto frustrados, fuimos recorriendo el lugar, improvisamos un almuerzo y nos animamos a mojarnos los pies en uno de los pozos. Finalmente antes de irnos, yo dejé que todo me importara poco, me saqué toda la ropa y me metí a unos de los pozos a nadar un rato. Vero no se animó y me miraba desde la orilla matándose de risa, y un poco miedosa de que me descubrieran. Estuve un rato nadando, salí, me sequé, vestí y nos fuimos. Estaba contento de haber podido darme el gusto.

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Seguimos camino un poco más para llegar al museo del fósil, dónde como atractivo más importante se encuentra un kronosaurio de 120 millones de años, y ocho metros de longitud (medidas de tiempo y espacio que todavía no puedo asimilar a un ser –alguna vez- vivo).

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Luego de pasar un rato en el museo, decidimos que ese mismo día nos iríamos de Villa de Leyva y de Colombia. El corazón se nos encogió un poco al pensar que dejaríamos este país y entraríamos en otro, en que no tendríamos más Clubs Colombia, Jumbos Jet de maní, aguas de panela, zapotes, y otras cosas tan o más colombianas que el café. Pero bueno, creo que me estoy adelantando, primero teníamos que llegar a tiempo a Villa de Leyva, de ahí llegar a Tunja, luego a Cúcuta y ahí sí cruzar a Venezuela, y todavía estábamos en el museo del fósil.

Salimos nuevamente a la ruta y decidimos hacer dedo para llegar rápido a Leyva, juntar las cosas e irnos para Tunja, porque sino no íbamos a alcanzar ningún bus. Después de esperar poco y nada nos paró un camión que venía vacío. Vero se subió en la cabina dónde viajaba una familia, y yo viajé atrás, con el viento en la cara y la sensación de libertad que algo tan estúpido como sentir aire en la cara puede producir.

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El camión que nos levantó en la ruta.

En pocos minutos llegamos a destino, agarramos las cosas y tomamos el último bus que salía para Tunja. Después de unas horas de viaje, llegamos a la terminal donde no había luz. Preocupados por la situación hablamos con un vendedor de pasajes que ni lento ni perezoso aprovechó el corte y nuestra preocupación para vendernos el pasaje a Cúcuta algo más caro de lo que yo había averiguado que costaba. Como el señor se ofreció para guardarnos las mochilas en las oficinas de la empresa bajo llave y nos indicó un lugar rico y barato para cenar, acepté de buena gana “la gran estafa” y nos fuimos a comer algo.

Hablamos con el dueño del lugar para ver si todavía tenía comida y por suerte así era. Mientras pelaba papas a la velocidad de la luz nos preguntó de dónde veníamos (nunca sé bien que contestar a esa pregunta: si se refiere a nuestro origen –¿De dónde somos?- o de dónde llegamos recién. Siempre opto por la segunda opción, para intentar parecer local y generalmente me equivoco). Le contesté que de Leyva. Como se ve que me había equivocado, otra vez en la intención de la pregunta, volvió a preguntar queriendo saber de dónde éramos.

Argentina, contesté.

-Ah, ¡pero hablan muy bien el español! -me dijo.

-Es que allá también se habla español, solo que algo distinto- contesté con total naturalidad. No era la primera vez que alguien me decía lo mismo que este señor, o que me preguntaba cómo me vine desde Europa hasta ahí, o qué otros idiomas se hablan en mi país aparte del Inglés. Puede sonar increíble, pero yo me acostumbré, y en realidad a mí sinceramente me parece que no es para tanto, de hecho creo que es más grave no saber pelar papas con cuchillo. Estuve a punto de pedirle al señor que me enseñara cómo hacerlo pero no me animé. Sigo siendo esclavo del pelapapas.

Comimos rápido el menú que nos habían preparado, pagamos y saludamos amistosamente. El bus ya había llegado así que fuimos directo a buscar nuestras mochilas. Nos subimos y apoyamos la cabeza en el asiento durmiéndonos al instante. Había sido un día largo y se venía otro peor. Nuestro objetivo era Mérida, ya en Venezuela. Habíamos salido del museo del fósil y no habíamos parado un segundo, y no íbamos a parar hasta completar los casi 700 kilómetros que nos separaban de nuestro primer destino en tierras bolivarianas. Nuestra primera despedida de Colombia fue, por suerte, la primera, lo que quería decir que habría una segunda (sino no habría necesidad de numerarla), y que, por lo tanto, nos volveríamos a ver.

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8 Respuestas a “Villa de Leyva y nuestra primera despedida de Colombia”

  1. Guido dice:

    Muy lindo relato!!! che, y no había casting para otro pasión de gavilanes!! saben algo? no sé por qué cuando pienso en ese día cuando conozca Colombia, Venezuela y esos países bien noveleros, voy a meterme de extra en alguna novela! no me pregunten por qué! tan solo pienso eso!!!
    Cambiando de tema, muy buenas esas piletas de aguas azules! verdaderas piletas! de donde sale el agua??? creo que me perdí esa parte! yo creo que también me hubiera tirado amigo!!
    Muy bonito todo! sigan relatando que esta todo bien chévere!! Saludos!

    • Marcos dice:

      Jajaja, la verdad ni idea! lo que sí sé es que en México contratan a muchos argentinos para hacer de extras y esas cosas (no sé por qué). Las piletas preguntamos y nos dijeron que eran producto de lluvias y de pozos excavados para riego. El subsuelo tiene grandes cantidades de azufre, por eso el color azul, y por eso no está recomendado bañarse mucho tiempo, aunque dicen que el azufre es terapeutico.
      Gracias por comentar siempre Guido, me queda pendiente una vuelta por tu blog para ver tu último post.
      Saludos!

    • orlando bohorquez dice:

      Me llamo ORLANDO vivo en Villa de Leyva muy cerca a los pozos azules,los comentarios estan buenos “gracias por visitarnos”.Cuando deseen yo los puedo acompañar a visitar los sitios turisticos ,y les doy posada a $U 15 noche incluye cafe.Hay mas de 10 sitios turisticos la entrada promedia $ 6000 colombianos.Desierto candelaria-Raquira-Sutamarchan-viñedo-paso del Angel,obelisco guerra 1000 dias,las avestruces,cascadas,pozo de la vieja,museo Antonio Nariño.Casa antonio Ricaurte,aguas termales,casa de barro,Observatorio Muisca,Museo autos 1600,convento Santo Eccehomo.Museo Paleontologico y masssss

  2. florencia dice:

    Hola Marcos ! estoy por viajar a colombia en diciembre, me voy 2 meses. podria contactarme con vos para consultarte algunas cosas? mi mail es flor.monaco@hotmail.com . muchas gracias !

  3. Lau dice:

    Hola! estuve en colombia hace tres años, hice el camino de bogota a medellin, medellin manizales y manizales bogota en busetas. Me juré por mi vida que de la unica forma que vuelvo a recorrer colombia es en helicoptero o con superpoderes…. el viaje fue sencillamente terrible en todos los trayectos… No obstante, en unos meses arranco viaje y sin dudas volvere, le debo la revancha a Colombia, tengo un amor especial por ese pais, y bueno, ya le estoy mandando cartas a superman para que me ayude a ir volando 😛

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